Bitácora personal de Pepe Flores

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Dicen que no son tristes las despedidas

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Dicen que no son tristes las despedidas. En este caso, mucho menos. Tras la salida del rector Pedro Ángel Palou, ha terminado uno de los episodios más difíciles de la Universidad de las Américas, Puebla. El mandato del rector Pedro Ángel Palou inició después la destitución de Nora Lustig, quien se había ganado la enemistad mediática tras proponer la desaparición del equipo de futbol americano de la universidad. Palou, secretario de Cultura del Estado de Puebla durante el gobierno de Melquiades Morales, había rechazado la silla de Vicerrector General unos meses antes, arguyendo poco conocimiento sobre el manejo de la institución. Su nombramiento, por tanto, no resultó del todo sorpresivo. Por el contrario, la comunidad universitaria lo recibió con vitores. Después de todo, no se podía ir peor, ¿o sí?

A tan escasa distancia, es imposible no calificar el mandato de Palou como un fracaso. El tormentoso paso de Pedro Ángel por la casa de estudios cholulteca estuvo marcado por el hermetismo y el autoritarismo en las decisiones. El primer revés vino con la fusión de escuelas, que desencadenó reclamos por parte de los estudiantes. Inmediatamente, vino la primera ola de despidos. En algunos casos, el recorte fue justo. Pero en la mayoría, se cortó sin ton ni son. En la memoria queda la protesta de los estudiantes de Relaciones Internacionales, quienes lograron evitar el despido de algunos de sus catedráticos. Ese había sido el primer aviso.

Las continuas reestructuraciones y los despidos masivos empezaron a hacer mella. La incertidumbre empezó a crecer, y se desató el temor generalizado ante las posibles represalias. El nacimiento de Revuelta, la revista literaria de la UDLA, fue una bofetada para los estudiantes. La universidad, presumiblemente escasa de fondos, se daba el lujo de publicar un capricho de su rector. Mientras tanto, Palou permanecía alejado del campus y la gente cuestionaba severamente su capacidad de mando. Luis Foncerrada, entonces Vicerrector General, tapaba los ataques como podía. Pero la administración cometió otro error severo. Autorizó el cobro del estacionamiento so pretexto del cuidado ambiental. La discusión comenzó, pero no hubo salida. El cobro siguió, con algunas consideraciones menores, pero se salieron con la suya.

Vino después el primer intento por coartar el ejercicio periodístico del semanario La Catarina. La doctora Claudia Magallanes, jefa del Departamento de Ciencias de la Comunicación, fue sorpresivamente relevada de su cargo, y en su lugar llegó Martha Laris, cuyas credenciales eran infinitamente menores a las de su antecesora. En medio de la turbulencia, llegó el desalojo de las oficinas del periódico estudiantil, bajo la mentira de una reestructuración de Servicio Social. La presión mediática alcanzó a la UDLA y Palou cedió al final. Pero esta vez se armó mejor: creó un Código de Ética que sirviera como candado. Sólo era cuestión de tiempo para asestar el golpe.


El verano fue escabroso. Tras la publicación de una entrevista con Neil. E. Lindley, miembro del hoy extinto Consejo Universitario, estalló la olla. El intempestivo despido del Vicerrector Luis Foncerrada, y la salida del empresario Luis Regordosa fueron la punta de lanza de una cacería de brujas. Basado en un presunto complot para desbancarlo, Palou arremetió contra sus detractores, desmembrando a los departamentos de Relaciones Internacionales, Economía y Ciencias de la Comunicación. Los catarinos intentaron publicar durante el verano, pero la recién nombrada editora Mónica Cruz fue advertida sobre las consecuencias legales de dicha acción. Iniciaron las movilizaciones, que incluyeron la explosión de blogs sobre la UDLA y diversas manifestaciones de repudio al rector. La distancia entre los estudiantes y Palou ya era insalvable.

Pero el drama continuó. La SACS, organismo que acredita a la UDLA, puso en estado de advertencia a la universidad, a la que urgió en corregir el rumbo. Mientras por dentro, la casa de estudios iba a pique, Palou asestó un par de movimientos publicitarios que taparon el escándalo: la apertura de la carrera de Médico Cirujano y la beca al joven Andrew Almazán, mediáticamente bautizado como “El Niño Genio”. A inicios de su último semestre como rector, ocurrió una reestructuración del equipo editorial de La Catarina. Con este movimiento, la publicación perdió su carácter crítico y se caracterizó por una omisión insoportable. El ambiente al interior de la universidad era de resentimiento contra las autoridades. Paradójicamente, el crecimiento estaba en los números: se aumentó el número de carreras ofertadas, creció la matrícula y la deuda que Nora Lustig había dejado fue subsanada. Pero el costo de este aparente desarrollo fue altísimo.

El día de ayer, la universidad anunció que Pedro Ángel Palou dejaba la rectoría para integrarse como investigador del Centro de Estudios de la Actual y lo Cotidiano en la Sorbona de París. Pero nadie se atreve a echar las campanas al vuelo. La comunidad estudiantil está a la expectativa del nombramiento de su futuro rector. Los vitores del recibimiento de Palou se han cambiado por severas dudas. Dicen que la mula no era arisca, que la hicieron a sombrerazos. En el entretiempo, la UDLA respira tranquila, aunque desconcertada. Palou se fue como llegó: intempestivamente y por la puerta trasera. Si resolvió las deudas de la universidad, sólo sus dueños lo saben. Para los demás, salió más caro el caldo que las albóndigas. Dicen que no son tristes las despedidas. Lo triste es lo que dejó.

Escrito por Pepe Flores

1 Diciembre 2007 a 9:44 pm

Escrito en UDLAP

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