Bitácora personal de Pepe Flores

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El crimen de Watson

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Lejos queda la vieja creencia de que la ciencia como una actividad inmune a la sociedad. La práctica científica ha tenido que vérselas con factores políticos, religiosos y económicos desde el principio. La ciencia avanza conforme las altas cúpulas de la sociedad se lo permiten. Desde financiamientos militares que impulsan la investigación hasta protocolos que buscan revertir los impactos negativos en el medio ambiente, la práctica científica no es neutral. Siempre hay un interés social detrás. La misma ciencia que combate enfermedades, desencadena bombardeos.

El debate social respecto a la ciencia es ciertamente limitado. La mayoría de las personas cuentan con una escasa preparación para entender a la perfección la complejidad de estos temas. Los medios de comunicación, en su papel traslaticio, tienen el deber de hacer comprensible la ciencia. Desde revistas especializadas hasta series televisivas, la práctica científica en un lait-motif del cóctel mediático. Nuestro entendimiento de temas peliagudos como la genética o la biología molecular es delineado por la información que se nos provee en el periódico, la televisión o la Red. Paradójicamente, la gente aprende más de ciencia en E.R. que en la clase de biología de la secundaria.

Por eso, no es de extrañarse la oleada de críticas que recibió el científico James Watson, por sus polémicas declaraciones en el diario The Sunday Times. Watson, galardonado con el Nobel de Medicina gracias al descubrimiento de la doble hélice del ADN, defendió la idea de que la raza negra es menos inteligente que la blanca. Mostrándose pesimista respecto al futuro del continente africano, el genetista declaró que “las políticas sociales están basadas en la creencia errónea de que nuestra inteligencia es igual, cuando todas las pruebas demuestran que no es así”.


Inmediatamente, voces de la comunidad científica expresaron su repudio ante tales declaraciones. El prestigioso laboratorio Cold Spring Harbor suspendió indefinidamente a Watson, lo que culminó con su renuncia al Consejo Directivo de dicha institución. Pero el daño ya estaba hecho. Un alud mundial de críticas se dejó venir sobre el genetista. ¿Cómo es posible que una de las mentes más brillantes del siglo XX pueda albergar pensamientos de esa índole? La declaración de Watson no es azarosa. Él se justifica con base en la teoría genética de la inteligencia. “Una de cada tres personas que pide un empleo temporal de Los Ángeles es o un psicópata o un sociópata”, mencionó Watson. Y, acto seguido, se disculpó al afirmar que “no hay base científica para considerar al continente africano como genéticamente inferior”. Pero su disculpa tuvo oídos sordos. No hay perdón para el crimen de Watson.

Distanciémonos un poco del foco de la discusión. Si la aseveración de Watson es a todas luces falsa, ¿por qué nadie lo comprobó? Es simple y contundente: nadie en su sano juicio apoyaría económica o políticamente un estudio de esta naturaleza. Las implicaciones – científicas, sociales y filosóficas – son muy fuertes. Jürgen Habermas, filósofo alemán, declaró alguna vez que si alguno de sus escritos justificara en lo más mínimo las atrocidades del nazismo, lo rompería en el acto. Ese temor sigue flotando en el inconsciente colectivo. La ciencia ha sido el argumento de muchos errores y horrores en la historia. Y la humanidad no quiere cometer otro error de tal magnitud. El crimen de Watson trasciende sus meras declaraciones. La sola especulación de que la supremacía racial esté determinada genéticamente le quita el sueño a cualquiera. Por eso la gente reclama, vocifera y arremete contra el científico. Con justa razón. Porque el simple acto de considerar al valor universal de la igualdad como un principio refutable redimensiona la misma esencia de la humanidad. Las consecuencias son inimaginables. Peor aún, imposibles de afrontar. Por eso, por nuestro bien, le negamos a Watson el mero beneficio de la duda.

*Texto escrito originalmente para clase de Géneros Periodísticos, noviembre de 2007.

Escrito por Pepe Flores

1 Diciembre 2007 a 9:00 pm

Escrito en Ciencia

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