Bitácora personal de Pepe Flores

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La orfandad de los textos

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Recuerdo la primera vez que leí un texto escrito por algún profesor mío. Recuerdo la sensación de desconcierto, de anormalidad. En mi pequeño mundo, las personas que escribían los textos académicos eran prominentes sabios procedentes de los confines del mundo, recluidos en una especie de Olimpo inalcanzable para nosotros, los pupilos. Borroso pero indeleble, queda en mi memoria ese sentimiento de extrañeza, como si el pedestal de aquellos científicos invisibles se derrumbara en cuestión de segundos. Por un momento, el paradigma se había roto. ¿Es que acaso no existe la insalvable distancia entre los héroes y los mortales?

En muy pocas cátedras recuerdo haber recibido alguna pequeña biografía o un bosquejo del contexto que influyó la elaboración de los textos. Este homenaje está reservado para mártires, locos y revolucionarios. Difícil tarea comprender el marxismo sin una radiografía de su autor, o la física cuántica sin un mínimo chapuzón a la historia contemporánea. Si este escrutinio es normal para los consagrados, ¿por qué se omite con los nuevos, los oscuros y los secundarios? Reducir el autor a un nombre y el momento a una fecha es casi tan inteligente como resumir una teoría en una palabra. Los avances son producto de una compleja receta de factores, sazonados en la pluma de un autor que no puede deslindarse de su creación. Aceptar la orfandad de los textos implica creer a pie juntillas en que el conocimiento surge de cualquiera y de la nada, por mera generación espontánea. Y donde prevalece la fe, no crece la crítica.

El análisis coyuntural no debe centrarse únicamente en el contenido del texto, sino en su producción misma. De esta manera, nos preguntaremos no solamente cómo el autor llegó a determinada conclusión, sino también el cómo logró que llegara a nosotros. Entre más atención al camino recorrido por el texto, menor la distancia que nos separa. Pero esta acción no implica llevar la discusión a la vida del autor. Significa reconocer su sello personal para vislumbrar la verdadera identidad de sus propuestas. Sólo mediante el abandono del trono imaginario, del científico invisible, es posible un debate de ideas. La distancia entre el sabio y el pupilo es real, pero no insondable. El Olimpo es accesible para aquellos que estén dispuestos a recorrer la vereda.

*Texto enviado a prueba para la sección ‘Ciencia y Conciencia’ de Revuelta, octubre de 2007

Escrito por Pepe Flores

3 Diciembre 2007 a 7:40 pm

Escrito en Educación, Escritura

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