Fe de erratas
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En días pasados, la periodista Liliana Flores me contactó para pedirme informes sobre la situación actual de la UDLA. El lunes me llamó para preguntarme sobre los candidatos a ocupar la rectoría, y hoy me cuestionó sobre la junta que sostuvo el Consejo Estudiantil para informar a los estudiantes sobre las acciones a tomar. Me llama la atención [y me enfurece] la gran cantidad de erratas que incluyen ambas notas. Entre los numerosos errores, se me citó como miembro del Consejo Universitario [instancia que ni siquiera existe], además de escribir Eber Cid [en vez de Everth Dzib, nombre del presidente del CEUDLA] y Familia Jenkings [en lugar de Jenkins]. Por cuestiones de tiempo, espacio e intención, no voy a colocar todas las correcciones.
El periodista tiene una labor difícil entre manos: reportar lo que sucede de manera veraz y con la mayor prontitud posible. El periodista vive de lo que acontece en el instante: cuenta con apenas unos minutos para recabar la información, tratarla, redactarla y presentarla de una manera que refleje la realidad. Depende, en gran medida, de tener fuentes confiables y fidedignas, pero también necesita una pluma precisa cual escalpelo. Una mala incisión en el papel y la tinta acabará salpicando a más de uno. Sobre todo, al que redactó la nota.
Antes de informar, hay que informarse. Parece muy obvio, pero la premisa se olvida fácilmente. A mayor información, mayor precisión. La nota periodística tiene más elementos subjetivos de los que se presume. La entrada, el tono, la narrativa. Lo único que nunca debe modificarse es el suceso. El redactor pone la receta, no los ingredientes. Por tanto, el periodista tiene que reconstruir la historia con los elementos que cuenta. Difícil labor la de reproducir la realidad.
Que el periodismo esté exento de fallas es una utopía. Siempre habrá un verbo mal conjugado, un nombre mal escrito o un error de dedo. Pero estas fallas de redacción poco tienen que ver con los errores de veracidad. La omisión, la suposición y los juicios de valor no caben dentro de una nota. Y, mucho menos, la exageración y las malas intenciones. En honor a la verdad, que nos cuenten bien la historia. Porque aunque puede resultar más entretenida su versión, no es lo mismo La Caperucita Roja si le quitan al lobo y a la abuela.
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29 Diciembre 2007 a 10:42 am