Bitácora personal de Pepe Flores

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Desahuciados: la muerte en vida

con un comentario

Según la Real Academia de la Lengua Española, desahuciar tiene dos acepciones principales. En un lenguaje médico, refiere a la acción de admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación. En un sentido amplio, significa quitarle a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea. Cualquiera de ambas definiciones que sigamos, el resultado es desgarrador: la figura del desahuciado es eminentemente triste. Soledad, alienación, desesperanza. La imagen máxima del abandono.

Y al final del corredor, la muerte. La inevitable muerte.

Es un hecho innegable que el hombre no puede predecir el momento de su partida. Ni los avances de la ciencia ni las prácticas esotéricas garantizan el conocimiento de ese instante exacto. El temor, mecanismo defensivo de la evolución, nos permite mantenernos a raya de la muerte. No en balde se le dice temerario a quien arriesga su vida con alarmante frecuencia. Paradójicamente es la certidumbre de que dejaremos de existir lo que nos impulsa a buscar la trascendencia de nuestros actos. El miedo a la muerte sólo marca la velocidad.

Hay que vivir cada día como si fuera el último, reza la máxima. Si esto fuera verdad, la vida del desahuciado sería envidiable. Conocedor de un secreto vedado al resto de los mortales, tendría la facultad de calcular cuándo y cuáles serán los mejores momentos de su existencia. A los umbrales de la muerte, el miedo desaparece. ¡Qué más da que sea hoy o dentro de una semana! Pero este pensamiento es ingenuo. Para que destaquen los estoicos, deben existir los cobardes. La regla es clara: por cada temerario, un temeroso.


Pero no nos adelantemos. Vayamos directo al momento crucial: la privación de la esperanza. Si atendemos a la metáfora, la muerte es un proceso cotidiano. Somos desahuciados con una frecuencia impresionante. Cada sueño abortado, cada deseo rechazado, cada fantasía desechada. Cada instante en que decidimos morir (o matar), desahuciamos una parte de nosotros. Nos quitamos el derecho de soñar porque no podemos costear la decepción. Ante la duda, la tragedia. Pero aquellas ideas que dejamos nacer significan una esperanza. Implican que creemos posible la realización de nuestros deseos. Y por consecuencia, su supervivencia.

Por eso es tan triste la figura del desahuciado. Porque se le arrebata la esperanza más básica del ser humano: la de un mañana continuo. La ignorancia es la ventaja de los vivos. Nuestro mañana forma parte de una cuenta regresiva que no conocemos. No estamos obligados a concebir la vida en horas, sino en experiencias. Consideramos el tiempo como algo que se puede medir, pero no cuantificar. Para nosotros, el reloj avanza hacia delante. Para ellos, hacia atrás.

Si supiera que he vivido la mitad de mi existencia, me cuestionaría sobre qué haré la mitad que me falta. Pero ignoro el porcentaje que me queda. Es fácil de estimar, pero imposible de saber a ciencia cierta. Aunque la estadística daría menos tiempo a un octogenario que un púber, la lógica nunca impera. Pero con un desahuciado, el camino tiene un final previsto. Y la opción siempre es peor: o te vas en la fecha marcada, o antes. Estás muerto en vida.

*Primer borrador del artículo “Muertos en vida: la construcción social del desahuciado”, inédito y escrito para Grado Cero, Noviembre 2007.

Escrito por Pepe Flores

13 Diciembre 2007 a 12:21 am

Escrito en Reflexiones, Sociedad

Una respuesta

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  1. maaaatameeeeeee xfaworrrrrrrrrrrrr

    lesly quiñonez

    1 Febrero 2009 a 4:31 pm


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