De mi iniciación a la tauromaquia
¿Es la tauromaquia un deporte, un arte o una salvajada? La verdad no me voy a aventar una crítica como la de Esquizzo y su primer contacto con el golf. No, para nada: si no quieren ir a los toros, no vayan; y si les late, pues venga la alegría. Pero tampoco puedo pasar por alto que la tauromaquia es, cuando menos, polémica. Todo empezó el martes, cuando la profesora indicó que nuestra siguiente parada sería la plaza de toros. Ahí se puso buena la cosa: medio salón fanático de la fiesta brava, medio salón con el grito en el cielo. La maestra preguntó a los alarmados que cuáles eran sus argumentos para no ir: es una salvajada, es el nuevo Coliseo, que pobrecitos animales, etcétera. Y la maestra reviró preguntando cuántos de los detractores había visto en vivo una corrida. Ni uno. Touché. Pues ahí está, indicó. Amablemente, encomió a todos a que fuéramos a ver por lo menos al primer toro. No es necesario que se queden más tiempo, concluyó. Ni tan a regañadientes el grupo asintió. Ahora sí que, para criticar, mínimo hay que ver los toros desde la barra.
Y así fue como el viernes en la noche terminé en la Plaza de Toros “El Relicario” viendo una rejoneada de Rodrigo Santos. Me perdí de la fiesta de Lola, pues ya habíamos hecho el compromiso de ir a la función y ya había invertido $150 en el boleto. Llegué y me senté con el buen Cucho y el resto de la banda de la clase. Yo nunca había pisado una plaza de toros. Es más, ni había visto una corrida completa en la tele. Digo, sí sé que es un capoteo, una pañolada, unas banderillas, qué es cortar oreja o un indulto, pero nomás en lo teórico. Verlo ahí es una onda completamente diferente.
No puedo definir si me gustó o no. Había tres rejoneadores [rosa, negro y verde], y a cada uno le correspondía echarse dos toros. El de rosa salió muy altivo y mamón. No me latió para nada su actuación. Aparte, el primer toro que le tocó estuvo flojón. El de negro sí dio una mejor actuación, amén del espectáculo de una de mis compañeras que le tiraba durísimo el calzón. Y el de verde – Rodrigo Santos -, ni se diga: sus movimientos, su control, las suertes, la actitud. Si por el puro rejoneo fuera, no diría ni pío, me cae. Aunque se sorprenderían cuánta gente le va al toro.
Fue el segundo toro el que más recuerdo. Un toro bravo, entrón. Le tocó al de negro rejonearlo y le costó trabajo. Es impactante oír el bufido de uno de esos animales, hasta chinita se te pone la piel. Dos o tres veces le acercó peligrosamente los pitones al caballo. Un enfrentamiento colosal, difícil. Ya abanderillado el toro, salió la pañolada. La banda pedía indulto. Pero la autoridad se negó y llegó la ejecución. Del hocico del animal comenzó a brotar la sangre a borbotones. El toró luchó para mantenerse en pie. Comenzó a toser, a escupir, a bramar. Dramático, aguantó otro minuto en pie antes de que la muerte se lo llevara. El líquido rojo anegando la arena, el cuerpo sin vida de esa mole, la silbatina del público a la autoridad. Al final, el juez otorgó dos orejas y el rejoneador dio la vuelta al ruedo. En la hilera de hasta el frente había un niño vestido de torerito, como de seis años. Para la colección, dijo el rejoneador y le regaló una oreja al infante.
Repito, ¿es el toreo un deporte, un arte o una salvajada? Tiene un poco de los tres. Admiro la disciplina, el control, la potencia. Tiene una plasticidad única: la suerte, la escapada, la confrontación, el quiebre. Es un arte decidir el momento de la estocada, el capoteo, el escape milimétrico. Y es una salvajada porque es matar a un animal por el puro espectáculo. Es que el toro tiene que demostrar su casta, su valía, su coraje, defenderán los puristas. Papanatas. Es un salvajismo refinado, elevado a lo sublime. Pero no hay que pecar de idelistas: igual se cría un toro en una ganadería que unas gallinas en una granja. Lo que varía es que no vas al rastro a ver cómo despluman al pollo ni hay un juez que califique cómo se cortan los filetes. Pero eso sí, antes de que coincidan o discrepen, sí les pido una cosa: vayan a la plaza y concédanme, por lo menos, un toro. Con suerte, le tocará uno como el que me estocó de por vida.
Ah sí, y qué dijeron: ¿fue a la plaza y no comió su cemita?
