Archivo para la categoría "Anécdotas"
Carta bengala a mis lectores
Amigos todos,
No soy de los que suelen publicar entradas en tono epistolar, pero estoy contagiado por las notas del Facebook que me escriben los amigos que están en otras latitudes. La verdad es que me está costando reengancharme al blog, y ésta es una pequeña estrategia para encancharme de nuevo. El problema no es que carezca de anécdotas que contar, sino que no sé cómo. Lógico, ha sido un mes de esporádicas actualizaciones. Así que, como esos tomos cero de las sagas de cómics, contextualizaré un poco mi situación actual. Acomódense, que va para largo.
Primero, vivir solo. No me quejo. Estoy a punto de cumplir el primer mes fuera de casa. Boca del Infierno es un lugar acogedor. No me costó acostumbrarme a estar por aquí. La verdad es que cinco años viviéndomela en la universidad me curtieron bastante bien. Voy los fines de semana a casa, paso un rato con mi mamá, comemos o salimos al cine, y todo igual. A mi jefa le sigue costando trabajo tenerme fuera. Aún se le quiebra un poco la voz cuando me despido, pero supongo que poco a poco el impacto será menor.
Aún me cuesta tomar ritmo. A veces siento que el día se escurre muy lentamente. Aunque estoy medianamente activo desde las 7:30 porque salgo a correr, el problema es que comienzo mi actividad hasta el mediodía, y me topo con que no tengo mucho qué hacer. La chamba aún me tiene en suspenso. Apliqué para Hipertextual, y aún no tengo respuesta. Mi otra opción es Editorial Santillana, pero eso implica una probable mudanza al D.F. No he explorado otras opciones laborales, así que en el entretiempo, me ocupo en la reescritura exprés una novela para concursar, a ver si chicle y pega, aunque a la velocidad que escribo, no lo veo como un objetivo tan alcanzable.
Del posgrado, ahí la llevo. Ya decidí que aplicaré a Cornell o al MIT. Lo que no sé es para cuando. ¿2010 ó 2011? He ahí el dilema. Me encantaría irme as soon as possible, pero me aconsejan engrosar mi currículo con un par de publicaciones académicas y una o dos presentaciones en congresos internacionales. Y, bueno, no son enchiladas, caray. Estoy intentando publicar mi tesis, pero al parecer, no recibo mucho apoyo de la UDLAP. Así que habrá que tocar otras puertas, buscar otras editoriales, y ver si alguien se interesa. Pienso, a bote pronto, echarle grito al Instituto de Investigaciones Filosóficas “Luis Villoro” o al Círculo Latinoamericano de Fenomenología.
A veces creo que hace falta un poco más de movimiento. Todo está muy tranquilo. Despertar, cocinar, ver una película o salir a echar unas bebidas por la noche. Radio los sábados, fútbol los domingos, y columna cuando se puede. Las vacaciones/desempleo son complicadas, sobre todo porque me considero una mente muy inquieta. Pero hay que apechugar. Toda vez que lo más inestable ha pasado, les lanzo esta bengala para anunciarles el eventual [pero seguro] regreso de su servidor a este espacio. Después de todo, la pausa es momentánea. Ya veremos después como me va con el frenesí.
De cómo sobreviví al holocausto gripal
El asueto obligado está a punto de terminarse. Es una lástima. No voy a mentirles: me he divertido muchísimo sobreviviendo esta semana. Por supuesto, gran parte del mérito por no haber enloquecido de aburrimiento se lo debo a Ximena. Tener a tu mejor amiga en medio de la crisis pandémica siempre ayuda, sobre todo cuando más de media ciudad está paralizada y buena parte de tus amigos emigraron a otros destinos [o en su defecto, como Becks, se encerraron a piedra y lodo en sus casas]. Pero, a pesar de las atenuantes, ésta fue una gran semana.

Podría decir que, oficialmente, todo inició el sábado. Fui, como todas las madrugadas sabatínas, a conducir el noticiario. Obviamente, el programa giró en torno a la condenada influenza. El resto fue, uhm, bastante normal. Por la tarde me lancé con Xime a casa de Becks a ver ‘Shaun of the Dead’. No sé qué tienen las películas de zombis [especialmente ésta] que quedan ad hoc con la situación. Todavía en la noche pasamos a echar la chelita con Lulú al Washa. Fue un poco desconcertante ver tan apagada la vida nocturna de Cholula, pero bueno, nada inusual para las épocas de verano. Yo me fui temprano a casa, no sin antes llevar a Xime al antro para seguir con la fiesta. Fue la misma noche que ella perdió su celular y Lulú ganó una cocina integral.
El domingo fue un día de aprovisionamiento. Acompañé a Xime al supermercado, y compró suficiente comida como para sobrevivir en un búnker durante un par de meses. Yo aproveché para apuntarme a comer en su casa los días que fuese necesario. Después de todo, era un chingo de comida y uno no se puede dar el lujo de desperdiciar tanto alimento, ¿verdad? Amén, claro está, de que Xime cocina de poca madre. Por la tarde/noche nos lanzamos al Starbucks y me topé con mi director de tesis. Fue una gran charla: nos contó de un conocido que fue espía para Estados Unidos, Rusia e Israel. Creo que trataba de desalentar un poco a Xime sobre trabajar en servicios de inteligencia, pero me temo que su charla surtió el efecto opuesto.
El lunes vino la suspensión. Y el temblor, también. Vino la paranoia. Confieso que fue divertidísimo toparme con un montón de gente en la universidad con cubrebocas. Sí, lo sé: soy un irresponsable por no acatar las instrucciones del Gobierno Federal® y usar uno de esos trapitos azules en la boca. Pero bueno, no morí ni mate a nadie, pues. A pesar de la suspesión, la tesis debía continuar. Imprimí la copia final y se la entregué a mi director. El resto de la tarde consistió en echar la película ['Cuentos que no son cuento'] con Lulú y Midow, cuya agradable compañía ayudó a sopesar el aburrimiento de la semana.
El resto de la semana fue de lo más agradable. El martes por la mañana fui a casa de mi director de tesis a recoger mis últimas correcciones. Por la tarde, otra película. ¡Malísima! Vimos una cinta de David Duchovny tan mala que decidimos apagar el DVD antes de sacarnos los ojos. Mejor echamos la reta de Scene It? y la dupla Vega – Flores se llevó la noche. El miércoles fue más o menos la misma tónica. Un poquito de hookah en casa de Xime y reta de Disney Trivia. Esta vez Midow nos arrastró con sus conocimientos disneyriles. Por la noche pretendimos ver ‘Tenacious D and the Pick of Destiny’, pero a mi anfitriona le ganó el sueño [¡débil!] y nos quedamos a media película. Bu.
El jueves estuvo divertidísimo. Primero, una visita al banco, en la que Xime se pasó malvibrando a la banda que lentes oscuros o gorra. Un día de éstos le van a soltar un madrazo, me cae. Después de una tarde de ver tutoriales [je], hubo reta de Pictionary [aderezada con un poco de Capitán Morgan], donde nuevamente la dupla Flores – Vega se llevó las palmas. Por la noche, una fiesta de cumpleaños y reta de tenis en Wii. Le hice honor a mi tesis y me llevé de calle a mis rivales [incluído un duelo memorable con una argentina y una lesión deportiva de Xime]. Lo único malo, bueno, fue escuchar la constante perorata conspiratoria sobre la influenza. Bah.
El viernes estuvo de locos. Verán, aunque el martes ya me habían dado mis correcciones finales, aún no le pasaba la tesis a mis sinodales. Pasé toda la mañana puliendo la bibliografía y acomodando el archivo final. Por la tarde, un viaje larguíiiiisimo a Zerezotla para dejar la tesis [un saludo al buen Gus]. Para colmo, cuando llegué, me enteré que mi sinodal estaba en Cuernavaca [¬¬], así que le dejé el engargolado bajo el tapete. Por la noche, otra película ['21: Blackjack'] y una parada exprés en el cumpleaños de Cucho.
El fin de semana estuvo bastante tranquilo. El sábado salí a echar la reta pambolera con los cuates [y perdimos 10 - 9]. Después, una noche de pizzas, cine ['Tenacious D and the Pick of Destiny', buenísima], y charlas sobre amores y desamores. El domingo me la pasé picándome el ombligo. Llegó a tal grado mi aburrimiento que decidí pagar 22 dólares para descargar Democracy 2. Por fortuna, el lunes mejoró la situación. Hubo viaje recreacional al Africam, comida en el Paseo de San Francisco, y una tarde/noche de buena plática con Lola en el tres veces heroico pueblo de San Cristobal Tepontla. Hoy [martes], pinta bastante chido: un poco de trabajo académico por la mañana, una tarde de Maratón con la banda [la dupla Vega - Flores va por el triplete] y un café nocturno en los portales de Cholula.
¡Caramba, que si así de bien me la voy a pasar durante el fin del mundo, no puedo esperar a que sea 2012!
Volar con estilo
Confiésoles que nomás una vez en mi vida he viajado en avión. Fue a los 14 (¿ó 15?) años, cuando fui con un par de amigos a vacacionar a Puerto Vallarta [me parece que ahorita es algo así como el destino de moda]. Ambos trayectos [ida y vuelta] duraron como dos horas. Recuerdo que cometí la estupidez de comprar Volar sobre el pantano de Carlos Cuauhtémoc Sánchez como lectura de regreso. Lo tiré a la basura en cuanto tocamos tierra. Claro que si hubieran ofrecido variedades de este tipo, ni siquiera me habría cruzado por la mente malbaratar mi dinero.
Si algún día se presenta la oportunidad, eligiré Southwest Airlines. Eso es volar con estilo. Yo!
[Gracias a Becks por rolar el video]
Cinco recuerdos de una boda, cinco.
Para Susy y Hugo.
“Gracias por venir. Tú viste todo desde el principio”, me dijo Suz. Recuerdo el día que la conocí. Yo conducía el noticiario de la universidad y buscaba a alguien para hablar sobre el próximo congreso de Ciencias Químico-Biológicas. Hablé con Aarón, un amigo biólogo, y me dijo que no podía ir al programa pero que me mandaría a alguien. Ese jueves por la mañana llegó Suz a la cabina. Pasó la entrevista, y se quedó al resto de la emisión. Cuando iba a despedir la transmisión, anuncié que en mi programa del viernes [La Tertulia Inesperada], hablaríamos sobre el café. “Yo tengo unos textos muy buenos que te podrían servir.”, me comentó Suz. Intercambiamos correos, y desde ahí, se hicieron comunes las charlas en el Messenger. Eso fue hace tres años.
Por cierto, nunca recibí esos apuntes sobre el café.
*
“Cierto. Tú estuviste la segunda vez que salimos.”, me dijo Hugo. Ignoro cómo fue su primera cita, la verdad. Recuerdo vagamente la ocasión. Fue una salida con Fausto, Denryuu y yo, en ese entonces, el elenco de La Tertulia, después de programa. Por tanto, pasó un viernes. Si mi memoria no me falla, esa vez nos fuimos a comer al Tiki, porque en esos tiempos todos éramos fans. ¿De qué hablamos? Sepa, pero me acuerdo que saqué mi clásico chiste de por qué los osos blancos se disuelven en agua. Quién diría que, entre sandwichotes y refresco Yoli, estaba presenciando history in the making. Ah, por si no sabían, los osos blancos se disuelven en agua porque son polares.
*
No recuerdo si fue el 8 de mayo, pero estoy casi seguro de que sí. En ese entonces yo era editor de revistas de sociales. Suz me invitó a festejar su cumpleaños en el Italian Coffee de la universidad. Como no tenía coche, pues tomé un taxi desde Plaza Dorada hasta la UDLAP. Cuando llegué, vi unas tres o cuatro mesas pegadas y un pastel enmedio. Y a Suz de lo más sonriente. Fue un cumpleaños sencillo, pero pocas veces me la he pasado tan bien. Por la noche, Hugo se acomedió para llevarnos a todos a nuestros respectivos hogares. Dimos un tour por la ciudad. Medio me acuerdo que uno vivía atrás de Ciudad Universitaria, en una casa amarilla. Ese día me enteré que Hugo vivía por Los Fuertes, y que Suz tenía un Tsuru descompuesto que nunca usaba.
*
2007. Mi sexto semestre. Era la época que me dio la locura de tomar fotos y fotos y fotos. Tengo una buena galería de Hugo y Suz. Hay una de cuando Suz se pintó el cabello de rojo. Recuerdo que para ella fue todo un suceso, porque nunca antes se había teñido. Luego se lo pintó de negro. Hay otras donde sale la computadora naranja de Hugo, quien estuvo renuente a quitarle el plástico de protección durante meses. En otro par de fotos sale Suz dormida. Pero mi favorita es ésta, la del gallito de Hugo. De esos despeinados delatores, supongo, je.
*
Parecíamos un enjambre. Todos, con las cámaras fotográfias en la mano [menos Strazz, que traía la de video], tratando de ponernos de acuerdo para no encimarnos. Ahí estaban Hugo y Suz, parados uno frente al otro, escuchando la lectura del acta de matrimonio. Alcé la cámara y cerré el ángulo para tomar una buena foto. Justo cuando enfocaba, ví a Hugo mirar fijamente a Suz a los ojos y decirle, sin emitir sonido, un te amo. No oprimí el disparador, sólo dejé ese momento para mi retina. Felicidades, mis amigos, y a nombre de todos para los que el amor es un alelo recesivo, gracias por la esperanza.
Yo, (suspirante a) escritor
Nunca me he reconocido como escritor de ficción. Para eso, se necesita escribir (thanks, Captain Obvious!) y publicar con cierta constancia. Yo, a lo sumo, tengo cuatro cuentos completos (dos premiados y dos inéditos) y un par de fallidos/abortados: un buen balance pero nada prolífico. Descubrí mi gusto por los relatos cortos cuando iniciaba la preparatoria, gracias a mis tareas de Taller de Lectura y Redacción. Un día llegó una convocatoria para el Juan Rulfo preuniversitario, y se la dieron a un compañero. Él declinó y yo tomé la alternativa. Así escribí mi primer cuento en forma (Tejón de servilleta, 2002). Un par de días antes de mandarlo a participar, se lo dí a mi maestra para que le echara un vistazo. Lo desahución, considerando que sus posibilidades de ganar algo eran mínimas. Bueno, pues me dieron una mención honorífica. Nada mal: hubo premiación en Bellas Artes y toda la cosa. Eso sí, mi profesora fue a la gala, aseverándole a todo mundo cuánto creyó en mí desde el very beginning. Bah.

Ése soy yo, tapando la hermosa vista desde Bellas Artes.
Al año siguiente también me animé a participar. Busqué un estilo más epistolar y así nació Cartas a Teresa (2003), un cuento cuyo peor detalle es, desgraciadamente, el desenlace. Lo terminé a las prisas, pues. Lo mandé el día del deadline. Me decepcioné mucho al enterarme, un mes después, que el paquete nunca llegó a las oficinas del concurso. De todos modos, dudo que hubiera sido galardonado. El final, en serio, es malo. Me alejé un poco de la literatura hacia otro de mis amores: las matemáticas. Eran mis tiempos de seleccionado estatal (¡ñoñísimo!), pero esas anécdotas serán material para una entrada subsecuente.
Cuando iba en tercero de preparatoria, sufría de la clásica depresión de no saber qué estudiar. Por una parte, siempre había tenido inclinación hacía la química o las matemáticas, pero los entrenamientos como seleccionado habían hecho añicos mis ilusiones de dedicar mi vida a los números. Además había descubierto cierta vocación hacia las letras y la sociología, lo que complejizó más mi decisión. En ese entonces, ya me había decidido por ingresar a la UDLAP, tras quedar fascinado con el campus y sus bellas mujeres (oh, y el prestigio, por supuesto). En esos momentos de incertidumbre, aunados a un alud de vivencias preparatorianas, redacté Timbrazos de esperanza (2004). Lo envié, sin esperanza alguna salvo arañar una mención nuevamente, y me llevé una de las sorpresas más grandes de mi vida.
Era lunes. Lo recuerdo porque hubo ceremonia a la bandera. Al terminar el trámite al lábaro patrio, mi amigo Oliver y yo pedimos permiso para salir al quiosco a comprar un ejemplar de Reforma para consultar los resultados. Me acuerdo que caminábamos de regreso a la escuela y yo leí el anuncio de premiados de abajo hacia arriba. Para cuando terminé las menciones, me desangelé. Por mera curiosidad, eché un vistazo al podio y ví que había ganado. Verán, esa victoria moral me llegó en el momento que más lo necesitaba: por culpa de mi flojera, no podía aspirar a la beca Jenkins (lo que me condenó a dos años dos de 13 horas de beca semanal, hasta que la conseguí de reingreso); además, terminaría quinto o sexto de mi generación, sin importar cuánto me esforzara. El galardón me dio nuevos bríos e hizo que recuperara (o mejor dicho, creara) una seguridad en mí hasta antes desconocida.
En esa ocasión, la premiación fue en la Ibero de Santa Fe, que coordinaba el concurso junto a la Fundación Juan Rulfo. Me sentí todo rockstar, pues contrario a la primera vez, en esta ocasión yo era el referente. Por cierto, me gané un estéreo que aún tengo en mi cuarto. ¡Caramba, hasta me entrevistaron para Ibero 90.9! (algo de lo más común, pero déjenme presumir). Conocí a un par de colegas a quienes no les he perdido la pista del todo, como Darío Beltrán, Caro Álvarez o Adameck Collazo. Al finalizar la premiación, se acercaron del Departamento de Incorporaciones para ofrecerme una beca para estudiar Letras en Santa Fe. La rechacé, pues a pesar de mi gusto por la escritura, no sentía deseos de mudarme al D.F., y en verdad estaba enamorado de mi futura universidad. Total que terminé, como saben, estudiando Ciencias de la Comunicación. En mi defensa, los colegas escritores con los que aún tengo cierto contacto tampoco son literatos: Dario es psicólogo, Caro es chef (¡!) y Adameck… uhm, bueno, no tengo ni la más remota idea. La excepción es Ale Vergara, estudiante de Literatura en mi universidad, a quien conocí año y medio después, durante la presentación de las antologías del quinto y sexto concurso Juan Rulfo: yo gané el quinto, ella obtuvo el segundo lugar y una mención (¡doblete!) en el sexto. Curiosamente, al día siguiente de vernos en la presentación, nos topamos en el campus. Ócuard.

Su servidor, escoltado por dos big shots cuyos nombres no recuerdo. Nótense los kilos de cachete que me faltan.

Facebook nos reunirá algún día, muchachos.
Mi último cuento terminado fue hace un par de años. Con la llegada de Pedro Ángel Palou a la rectoría de la UDLAP, el escritor Jorge Volpi – amigo suyo – ofreció un taller de narrativa. Para aplicar, había que enviar un texto. Así fue como nació mi última obra (Composición V, 2005). Es el cuento más largo que he escrito (cerca de 35 páginas), y permanece inédito. Es, en muchas formas, mi consentido por su espeluznante atemporabilidad. Me tomó cerca de un mes (y la catarsis de muchas anécdotas) terminarlo. Después de ese texto, intenté infructuosamente escribir un poco más, entre lo que destacan dos cuentos inéditos no terminados de no más de dos páginas y un guión que apestó terriblemente. Conforme pasó el tiempo, me incliné nuevamente más hacia la ciencia y dejé de lado mi incursión en la literatura.
Hace un par de días, buscando un disco de ejercicios para el TOEFL, hallé fotos de la presentación de la antología del quinto concurso (prometo eventualmente escanearlas y treparlas al Facebook). Tras sumergirme un poco en los recuerdos, me puse a buscar un ejemplar de ese libro para releer mi cuento. Me agradó. Un par de amigos lo han leído recién y les ha gustado – además de soltar un par de carcajadas con algunas azarosas similitudes. He pensado que, al terminar la tesis, no estaría mal intentar nuevamente entrar en el umbral de la ficción. Después de todo, aunque ahora me dedique a menesteres completamente distintos, no puedo negar que en mi momento fui, como tantos y tantos que hemos pasado por ese concurso, un suspirante a escritor. Lo siento, pero no puedo negar que así como tengo los números en el corazón, a veces siento cómo me late la tinta por las venas. A ver qué pasa.
La maniática incontinencia de Pixie
Mucho me temo que Pixie, el gato de la discordia, corre el peligro de ser desterrado de mi casa. El domingo por la mañana el minino tuvo a bien orinarse en mi cama. Poco pareció importarle que yo estuviera bajo las sábanas en ese instante. Amodorrado, sólo sentí como presionó el edredón con sus patitas antes de proceder a vaciar la vejiga. Cuando me percaté de su atrevimiento, alcancé a darle un patín que lo sacó volando y me salí de la cama de un brinco. Pero el daño ya estaba hecho.

Pixie, el gato de la discordia, en toda su adorabilidad.
A quienes no estén familiarizados con el orín de gato, les comento que esta sustancia tiene un hedor insoportable. La habitación se impregnó de ese olor en cuestión de minutos, y abrí las ventanas para que se disipara el aroma. Desafortunadamente, los ventanales de mi cuarto dan al traspatio donde mi tía conserva a su perro, así que ambos humores se mezclaron en el aire y el ambiente se tornó insoportable. Para acabarla de amolar, el agüita amarilla permeó el edredón y se instaló en el resto de la ropa de cama, así que hubo que lavar todo nuevamente.
No le dirigí la palabra a Pixie durante todo el día, a pesar de sus maullidos hipócritas de perdón. Acerca de su inusual comportamiento, mi hipótesis principal es que el gato quiere marcar su territorio. Hoy por la mañana trató de entrar nuevamente a mi cuarto y le cerré el paso. Su alternativa fue irse a la pieza de mi mamá y hacer su gracia ahí. Obviamente, mi jefa puso el grito en el cielo, así que Pixie ya está fichadísimo. Por lo pronto, el gato está castigado y lo sacaré al patio por las noches. Ojalá se le quite pronto la manía, porque para la otra me portaré menos comprensible con salva sea su parte. A grandes males, grandes remedios.

Sopapos para no lamerse las heridas
Hoy tuve uno de mis típicos momentos de depresión. A decir verdad, ahora no recuerdo a ciencia cierta el porqué se desencadenó tan abruptamente. Fueron múltiples factores, supongo. Lo que sé es que venía saliendo de la sala de cómputo de Negocios, y el mundo se me vino para abajo. Puf, así, sin avisar.
Por fortuna, estaba con Xime. Ella es mi mejor amiga, a quien quiero como a una hermana (y por suerte, el sentimiento es mutuo). Tenemos muchas cosas en común, y en general, somos como uña y mugre. Es alguien a quien admiro mucho, y probablemente, de las poquísimas personas con las que puedo pasar todo el día juntos – actually, we do. Pero bueno, no me desviviré en más elogios porque más ego es lo que menos le hace falta
El problema es que me acercó a los 23, y en retrospectiva, sentí que hay muchas cosas que me han faltado, como viajar, entablar una relación, o independizarme más. Sí, académicamente no discuto que tengo un palmarés respetable, pero cambiaría algunos (¡muchos!) de esos logros por otro tipo de experiencias. A veces me gustaría contar en lugar de sólo escuchar. Y así, con los ojos chiquitos y anegados, le conté a Xime las razones de mi súbita tristeza.
No me apapachó, ni me solapó. Sólo me dijo, con toda la seriedad del mundo, que dejara de tener autocompasión de mí mismo. “Deja de lamerte las heridas”, citó a su madre. Es curioso cómo a menudo se necesita de un buen regaño, un grito a tiempo. O también, que le refresquen sus propias palabras. “Puedes seguir quejándote, y yo te escucharía, porque para eso estoy, o puedes ahorrártelo porque al final terminarás haciéndolo”, le dije a Xime hace un par de días cuando se enfadó por la convocatoria de delegados juveniles de la ONU. “Puedes seguir quejándote, y yo te escucharía, porque para eso estoy, pero nada va a cambiar hasta que decidas cambiarlo, ¡así que haz algo!”, me dijo antes de despedirse.
En este momento me siento aliviado, porque me recordaron que lamentarse no sirve de nada. Y aunque parece la conclusión más simple, a veces necesitamos de un amigo que nos la haga evidente. Los grandes amigos no son lo que prenden una vela cuando la oscuridad nos rodea, sino los que nos enseñan a encender un fuego por nuestros propios medios. Porque a menudo nos reconfortaría más un abrazo, pero la sabiduría fraternal comprende que lo que realmente nos hace falta para reaccionar es un buen sopapo.
Crónica de un segundo capítulo (II): Sin avances
Bitácora de tesista, día dos.
Hoy no voy a hablar de tesis. No, señor. La razón es simple: no hubo avances. Ni siquiera tuve la oportunidad de abrir la computadora (o siquiera un libro) hasta el momento de redactar estas líneas. Por la mañana me fui al gimnasio. Estuvo tranquila la sesión. Al mediodía, me lancé a la uni porque tenía una junta para la planeación de un taller de diseño de proyectos universitarios. Antes de la reunión, pasé a Correos y vi que me llegó un libro desde Israel. Plato and Paltypus walk into a bar: understanding philosophy through jokes. Caramba, y yo que había malvibrado ayer a Xime porque según no le interesa lo mismo que a mí.
Saliendo de junta me interceptó Abril y fuimos a echar el café al Punta del Cielo, donde nos alcanzaron Becks y Gus. Para completar el cuadro, se nos unió Xime. De ahí, nos lanzamos a buscar un lugar para comer, y tras recorrer media Cholula, terminamos en el Comedor de la universidad. Así me dieron las cinco y media. De ahí, Xime y yo nos fuimos a comprar artículos varios al Office Max. Ha sido lo más divertido del año, so far. Estábamos cono en una escena de la película indie: la mala iluminación de los anaqueles, la música de fondo, y la búsqueda [casi] infructuosa de un adhesivo. Tardamos las horas en la macropapelería, pero estuvo entretenido. Luego hubo junta de reclutamiento de La Catarina. Mi última junta. Después de decidir quiénes ocuparán los puestos de Consejo Editorial que quedan vacantes, me despedí. No puedo sino dedicar cuando menos una línea a decir que ha sido un honor trabajar codo a codo con ustedes, muchachos.
Nueve treinta. Fui a la sala de cómputo de Negocios para despedirme de Xime, pero terminamos leyendo las noticias del conflicto en Gaza (otro ataque más a Be’er Sheva
), viendo fotos en el Facebook y reconfigurando su adaptador de red inalámbrica. Salí a las once de la noche de la universidad. Todavía me invitaron a ir a escuchar jazz al Anónimo, pero estaba fundido. Aún así, le di aventón a unos cuates y pasé a dejar a Xime a su casa. “¿Sabes? Tengo la impresión de que esto no va a funcionar”, le dije. Ella asintió. “Hay cosas para las que somos radicalmente diferentes”, pensé. Así fue como nos dimos cuenta que no vamos a avanzar mucho en la tesis con nuestro plan de trabajar juntos. “Podemos estar en mesas separadas”, le sugerí. “Sí, y salirnos a tomar un café durante algún break”, añadió. Nos despedimos y quedamos de vernos mañana en la Biblioteca, en algún momento del día.
Hasta entonces, lectores.
De las bondades de la precognición

No sé cómo llamarlo. Algunos dicen que es magia. Yo, que prefiero las palabras mamonas, lo llamo precognición. La noche del viernes, un amigo mío sufrió una decepción etílico-amorosa. Achicopalado, se enfiló a dormir bien entrada la madrugada. Las cinco de la mañana, para ser preciso. En ese momento, recibió una llamada teléfonica. “¿Quién chingaos marca a esa hora?”, pensó. Por pura curiosidad, echó un vistazo al identificador. Era una amiga suya. “Debe pasarle algo”, intuyó, y contestó la llamada. No, todo en orden. Resulta que la chica en cuestión estaba en una graduación, y se le ocurrió marcarle porque escuchó a los mariachis tocar una canción que le recordó a mi cuate.
La llamada, sobra decir, fue muy reconfortante para mi amigo. Aprovechó para agradecer el gesto (¡a pesar de la hora!) y desahogarse platicando. Hoy me topé a esta morra (amiga mía, también) en el Messenger y le pregunté sobre el suceso. “No sé. Creo que sólo sentí la necesidad de hacerlo. Es más, tenía el teléfono apagado”, me respondió. Supongo que todos tenemos alguna anécdota de este tipo. Pequeñas coincidencias que nos alumbran en los momentos oscuros. Instantes de sentido arácnido en los que sentimos la imperiosa necesidad de contactar a alguien, sin saber el porqué, por mero impulso. Coincidencias asombrosas que alivian penas y arrancan sonrisas. Son momentos mágicos, dicen algunos. Yo, que prefiero las terminologías más elaboradas, sólo espero que sigamos disfrutando de las bondades de la precognición.
Deudas de twitter, deudas de honor

Fue una suerte que apostara a favor de Baltimore. Ayer un cuate preguntaba dónde jugaba Joe Flacco. “Con los Ravens”, respondió otro amigo. Se me quedó grabado el nombre. Flacco, háganme el favor. Hoy, en el Twitter, David Taboada (aka Katalink) preguntó quién era nuestro favorito entre Baltimore y Tennessee. “Cuervos“, respondí casi por reflejo. David y yo apostamos que el perdedor dedicaría una entrada al ganador. Sintonicé un rato el partido, lo suficiente para ver la anotación de los Titanes. Después apagué el televisor, pensando en que tendría que dedicar un post más tarde. Deudas de twitter son deudas de honor.
Pero Joe Flacco lo hizo. El partido terminó 13 a 10. Cumpliendo su palabra, David dedicó una entrada a la anécdota, y de paso, añadió una reflexión sobre el papel de las nuevas tecnologías de comunicación en la creación de lazos. Aprovecho para devolverle el favor y hacerle eco a su programa gratuito de coaching, el cual iniciará el jueves 15 de enero a las 19 horas. El programa tiene la finalidad de aprender a desarrollar el potencial de Twitter como una herramienta integral de comunicación. Los interesados sólo necesitan enviarle un mensaje a David en su cuenta, y serán cinco los elegidos para esta iniciativa. Fue una suerte esta victoria, pero más allá de la entrada dedicada, lo mejor es sin duda, descubrir que existen apuestas en las que todos podemos ganar algo.
Ahora la pregunta es: ¿Cargadores o Acereros?
El dilema del atún
Tengo un amigo que se encuentra en un terrible dilema. Resulta que este compadre está llevando un tratamiento especializado para bajar de peso y recuperar su rendimiento deportivo. Los médicos sólo le impusieron una condición: no más de dos cervezas a la semana. Para [casi] cualquier ser humano, semajante prohibición no debería representar grandes problemas, salvo sacrificarse un poco en la fiestas [snif] y asunto arreglado. El problema es que mi amigo tiene el hábito de echarse un par de frías al día. Una chela al día, la llave de la alegría, dicen.
La bronca es que al segundo día de tratamiento, nos fuimos a comer y se le hizo fácil echarse una caguama. Por la noche, la cheve había hecho estragos y apareció el temido gori-gori en la panza. La pasó mal en la noche, y al día siguiente, le telefoneó al doctor. Obviamente, lo regañó. El médico, conocedor de las costumbres de su paciente, le ofreció una alternativa: podía tomar un poco más de cerveza, si renunciaba completamente a las carnes rojas y cambiaba su dieta por únicamente atún (¡y sin mayonesa!). “¿Y qué vas a hacer?”, le pregunté ayer. “No, pues ir al súper y comprarme un chingo de latas”, respondió.

Ustedes, ¿resistirían las tentaciones de la carne por mantener la cerveza en su dieta semanal? ¿Cómo reaccionarían ante el dilema del atún?
Recuento 2008: so long, and thanks for all the fish
Pues el 2008 ha acabado. No pensaba escribir nada en particular, pero tras leer las recapitulaciones que Dan Alonso y Otháner han hecho en sus bitácoras, me parece un buen ejercicio para cerrar el ciclo. Con ustedes, el recuento del año.
Enero.
El año inició con una los clásicos propósitos. Una visita al Office Depot me mostró a qué grado llega el plagio académico. Varias noticias de mi universidad: desde mi desdeño a la Sociedad de Honor, hasta temblar de miedo por la cancelación de becas. Por cierto, Heath Ledger falleció, cuando prácticamente nadie le reconocía.
Febrero.
Pasó el primer puente del semestre. Cuatro kilos menos en cuatro semanas. El día que quise ser como Rivers Cuomo. Mi compañera francesa de equipo me hizo xenófobo. En mi cumpleaños, odié el marketing y todo lo demás.
Marzo.
Se murió Sara Juana y estrené computadora. Mi ingreso a La Catarina (y mi primera impresión de Ángel T.). El inicio a tambor batiente del Dinosaurio FC. Le entré al Twitter nomás por ocioso. Hasta siempre, Pincheblog. Le jugué al profeta para adivinar el nuevo técnico de México (y no le atiné). Una de las pocas salidas del año con la banda de la prepa.
Abril.
Primeros debrayes sobre mi tema de tesis. Una crónica de las luchas para clase de Periodismo. Me nominaron al más ñoño de la carrera (¡y gané!). Una desesperada carta abierta a mi profesor de Tesis I. El Dinosaurio FC cae eliminado en cuartos de final. Entrevisté a Óscar López, uno de mis ídolos radiofónicos. Ruy Xoconostle, y una de las grandes verdades de la vida.
Mayo.
Estupideces escuchadas en el Starbucks. Reflexiones sobre cómo me decidí por estudiar Comunicación. Los 12 votos de la discordia en la elección del CEUDLA. Un nueve de mayo muy significativo. Me gané la rifa del termo (que se convirtió en sudadera) de Harvard. Problemas con el hosting, y mudanza a WordPress. Un miniviaje al DF para ir al teatro.
Junio.
Lecciones del arte de la cata de vinos con Ximo. Le fui infiel a mi Starbucks de Cholula. Mi jefa se fracturó la rodilla. Aprendí que las mujeres los prefieren realistas. De cómo conocí la mística (cemitas incluídas). La gente que lucra con el dolor ajeno. Descubrí mi talento oculto para ponchar llantas. Mi primera aproximación a la tauromaquia. España ganó la Eurocopa y los gachupines salieron a las calles.
Julio.
No cualquiera es un cocky little bastard. Mi inesperada independiencia devino en la crisis de los bóxers. La entrada número 300. Un minuto de silencio por mi viejo iPod. La fiebre de los zombies invadió el blog. Conocí a mi familia paterna, 22 años después. Lo mejor de ir al estadio son las Cemitas Natalia. A mi sobrino le entró la edad de la punzada.
Agosto.
Mi partida de rol de Star Wars cumplió cuatro años. Me robaron la computadora (y otros bienes sentimentales). Inicié el noveno semestre. Un recuento de la estadía del niño genio en la UDLA. Se armó la fiesta tuitera en Puebla. Me gusta tener trabajos pretenciosos. De cómo me convertí en columnista de La Primera de Puebla.
Septiembre.
Recomendaciones del Blog Day 2008, un día después. El primer aniversario con Feni (y no parece tener fin). Entrevistamos al Chelís en la estación. Una clase de fenomenología para el récord. Hacer tesis en fin de semana pasó factura. Catarsis de la semana más complicada del año. Y créanlo o no, terminé el primer capítulo.
Octubre.
Reflexiones sobre el papel de los blogs en la UDLA. Paranoia, frivolidad y estupidez desatada por los zetas. Felicitaciones sinceras por el aniversario de Elocuencia 8080. Mi iPod sufrió de catalepsia. Yo prefiero seguir siendo parte de los otros nueve. Una postal desde Larnaca, con ironía. De cómo Pixie, el gato de la discordia, llegó a mi vida.
Noviembre.
Llegamos a las 30,000 visitas en el blog. El fallecimiento de Juan Camilo Mouriño tocó fibras sensibles. Los Aztecas de la UDLA pasan de panzazo a postemporada, pero cayeron vapuleados en la semifinal. La crisis financiera atacó mis bolsillos. Descubrí que no soy diseñador. Y se terminó mi etapa de universitario (y mi programa de radio).
Diciembre.
Una defensa apasionada del Twitter. La tesis sigue desencadenando especulaciones. El Cheletón mostró que no soy precisamente el alma de la fiesta. El balance final de los propósitos del 2008. De cómo las vacaciones ya me tienen harto. Una víspera de Navidad muy a mi manera. Y para cerrar el año dramáticamente, los cohetes cayeron en Be’er Sheva.
Pues así pasó este año. En retrospectiva, estuvo bastante movidito. Un abrazo para ustedes, estimados lectores, y mis mejores deseos para que este 2009 sea próspero. Gracias por todo, 2008: so long, and thanks for all the fish.
Recuento: Siete memorias de La Franja
Seguimos con el recuento de lo mejorcito del año y no se podía escapar hacer una recopilación de momentos ligados al Puebla FC, equipo de mis amores. No fui a tantos partidos como me hubiera gustado, pero muchos de los que fui quedaron grabados en mi memoria. Aquí les va mi listado de este año camotero:
7. Puebla 1 – Toluca 2
Este partido lo vi desde un hotel en Veracruz. Si la memoria no me falla, fue el debut de Jorge Villalpando como portero de La Franja en Primera División. Recuerdo que postergué la salida a la playa sólo para ver cómo en el último minuto el pendejazo de Santiago Fernández le daba el triunfo a los choriceros. Cosas de la vida: Fernández está a un paso de reforzar al Puebla.
6. Puebla 2 – Monterrey 2
“¿Quieres boletos para el fut?”, me preguntó uno de los instructores del gimnasio. Como de por sí tenía intenciones de ir al estadio, asentí sin saber que los boletos me saldrían de a grapa. Le dije al buen 4nc que me acompañara, y pues, a la gorra ni quien le corra. El partido estuvo aceptable, pero lo mejor fueron las cemitas.
5. Puebla 3 – Santos 3
Lo más destacable de este juego es, precisamente, que no fuí. Se armó la salida con la banda y mí me dio algo de hueva ir. Me arrepiento porque me perdí el mejor encuentro de la temporada. Un partido trepidante. No es el primer Puebla – Santos que me pierdo: en la semifinal del Verano 2001 fui con unos amigos y nos salimos cuando iban 4 – 4, faltando dos o tres minutos para el final. Justo cuando cruzábamos el umbral del estadio, cayó el quinto del Puebla. Bu.
4. Puebla 1 – Atlético de Madrid 0
Uno de mis sueños era ver jugar en vivo al Atlético de Madrid (el otro equipo de mis amores) y se me cumplió con su gira de pretemporada por México. Recuerdo que no tenía acompañante para ir al estadio, y la noche anterior al partido me enteré que Lola iba con su familia, así que me les pegué. El partido estuvo nefasto, pero nadie me quita haber presenciado un juego de los colchoneros.
3. Veracruz 0 – Puebla 2
La única falta que tuve a mi programa de radio fue por este partido. Vaya, uno tiene prioridades. Nos lanzamos al Chipilín en manada para ver el juego que definía qué equipo descendía. Me acuerdo que saltamos de júbilo cuando ‘la Bola’ González anotó el primero. El resto del partido éramos un manojo de nervios, pero un tanto de Híber Ruíz fue el pretexto para que la cerveza corriera durante el resto de la noche.
2. Puebla 5 – Pachuca 2
Probablemente, el mejor juego que haya visto en el Cuauhtémoc. Fui con Jero, Abril y su rúmi. Abril llevaba una playera del Pachuca que le venía grandotota. El estadio estaba a reventar. La solución: nuestras acompañantes se fueron a la parte de la porra visitante y se entretuvieron sabroseándose a Villalpando. Jero y yo trepamos a gayola y desde ahí vimos un encuentro tan perfecto que hasta Javier Cámpora anotó un triplete.
1. Entrevista al Chelís, por Elocuencia 8080.
“Nos encontramos al Villa chupando en el Tiki”, decía el mensaje que Joey me mandó al celular. Resulta que él y Jero encontraron al portero del Puebla echándose unas frías. Joey, maese de la palabra, le sacó el número del Chelís. A partir de ahí, se hicieron frecuentes los enlaces con el técnico de la Franja durante el programa de radio (y a veces, nomás por el puro gusto). Finalmente, se consiguió que lo entrevistáramos en la estación. La primera vez nos dejó plantados, porque tuvo una junta con la directiva – y por poco y le dan cuello. La segunda sí se hizo. Al final, le pedimos que se tomara una foto con nosotros.

Por cierto, ésa fue una de sus últimas entrevistas. A la semana siguiente lo cesaron.
Tres destellos de Navidad, tres
I.
La moda de las felicitaciones navideñas fue taggear a tus amigos en una postal y mandarles un efusivo mensaje masivo. Un bonito (y práctico) gesto, la verdad. Yo recibí una de Bluku. Me pareció una idea genial, y hubiera hecho lo mismo para felicitar a mis amigos, de no ser por tres individuos a quienes no tengo el gusto de conocer pero que se han ganado mi total antipatía: Melo, Verónca y Arturo. No saben cuánto me molesta la gente que confunde los comentarios de Facebook con un chat. Es insufrible abrir el correo electrónico y tenerse que chutar un alud de estupideces la conversación de terceros. Más de 50 mensajes, con reflexiones tan profundas como “que onda con el primo hostil del chinches?? eh??? jejej igual que lulù¡¡¡¡ jejejeje”. Amablemente, le externé a Bluku mi agradecimiento por su postal, y me disculpé de destaggearme de su imagen por mi hartazgo hacia las pendejadas la plática de sus amigos. Uy, no, para qué. Los susodichos me tildaron de grinch, y no faltó quien sugirió que lo vuelvan a taggear para que se chingue toda la conversación. Ése es el espíritu navideño, caray.
Por cierto, a Bluku también le molestó la avalancha de correos no deseados y borró la postal. Subió otra, con la leyenda “Tarjeta de año nuevo… ya no voy a taggear a nadie, quien quiera ahi está…” Santo remedio.
II.
Tengo dos tradiciones para la cena de Navidad: comerme una pierna del pavo y cenar en una mesa solo. La primera costumbre surge por imitación de mis dos primos mayores. Cada Navidad, tenía el privilegio de apañar la pierna del pavo. Cuando cumpli 17 (ó 18, no me acuerdo), faltó uno de ellos. Me avivé y me tocó la pierna. Y así ha sido desde ese año. Algún día, cuando mi otro primo deje de ir, mi sobrino heredará la pieza. Es el ciclo de la vida, supongo.
Mi segunda tradición se deriva de un error logístico en mi hogar. Cuando era muy chico, no soportaba desvelarme para cenar y me iba temprano a la cama. Así fue hasta que cumplí 10 u 11 años. La Nochebuena que finalmente me animé a bajar al Comedor, no había lugar para mí en la mesa de los grandes. Esa vez, mi mamá adecuó un disquero y ahí cené, muy a gusto. Pasaron los años, y yo seguía sentándome en el improvisado apéndice. A mí me gustaba mi lugar: no tenías que escuchar la plática aburrida de los adultos y podías ver tranquilamente la televisión. Un par de veces me acompañó mi mamá en mi mesa privada. Cuando crecí, me dieron mi lugar en La Mesa. Este año, por otra desatención logística, hacía falta un lugar. Mi prima se disponía a sentarse en la órbita, pero yo le cedí mi asiento. Desde ahí, con mi pierna de pavo, disfruté de uno de los peores show televisivos de Navidad que recuerde.
III.
Ayer quería escribir una felicitación navideña para ustedes, queridos lectores, pero fui secuestrado para tomar un café en el Sanborn’s. También pasamos a apostar al Caliente (es sorprendente la cantidad de gente ahí en Navidad) y 4nc se ganó $62. Pinche suerte de principiante. En fin, más vale tarde que nunca. Gracias a todos los que vienen por aquí: Ximena, Angel T., Alonso O., Caty O., Osvaldo, Abraham Ronel, Becky, Abril, Quique, Joey, Suz, Roberto, Rui, Óscar, Adrián, Ingrid, José Manuel, Mayra, Lalo, Félix Eduardo, Alberto Isaac, Cynthia, Mau, Adal Córdova, Héctor, Adri, Hugo E., Gus Barrientos, Dan Alonso, Francisco H., Winiberto, Carlos Z., Victor H., Yuliana, Beatriz, Otháner, Humbert, William, Manguito, más los que omití porque la memoria no me alcanzó (o porque no dejan comentarios, jeje).
El Monstruo de Espagueti Volador les desea que hayan tenido la mejor de las festividades.

La víspera
Al momento de redactar esta entrada, falta más o menos una hora para La Cena Navideña. Nunca me ha gustado la víspera de Nochebuena. La de este año no fue la excepción. Inició con un “despiértate, que tu mamá quiere que la lleves a Urgencias” a las siete y media de la mañana. Me levanté de un salto y corrí al cuarto de la jefecita a ver qué le pasaba. Nada. Parece ser que a mi tía le pareció gracioso jugar con la salud de mi madre para asegurarse de que me despertara temprano. Sobra decir que después del incidente le grité diversas groserías que no reproduciré en este post por resperto a sus castísimos ojos. Hija de la chingada.
Después me mandaron a comprar los regalos de mis sobrinos. Como mi mamá no sabía que juego de computadora querían, me dijo que los llevara a elegir un título. La verdad es que ni ellos sabían qué querían. Terminaron eligiendo ‘Viva Piñata’ (nota al margen: hacer una copia del juego) y ‘FIFA 2008′. Yo me autorregalé ‘Los cuentos de Beedle el Bardo’, los cuales leí en menos de una hora y no les hallé el chiste. Vi una copia de ‘Spore’ y estuve tentadísimo a comprarla, pero me contuve en beneficio de mi tesis.
Recién llegado de comprar los regalos, me mandaron por unos refrescos, unas latas de media crema y unas baguetes. Sí, mi madre tuvo la gran ocurrencia de mandarme al Bodega Aurrerá contiguo a una de las unidades habitacionales más grandes de la ciudad al mediodía. No hubo manera de salir. Como el supermercado queda a cuatro calles de mi casa, decidí irme caminando con la mercancía y pasar a recoger al auto después. El resultado: las bolsas cedieron y los refrescos rodaron la calle. También se me cayó una baguete al piso (pinches bolsas de mala calidad). Tras mi aventura con los víveres, le marqué a Xime para desearle una Feliz Navidad. Charlamos por una media hora. Al colgar me puse muy triste. No melancólico, ni nostálgico. Sólo triste.
Después fue la comida familiar. Siempre preparan bacalao. Ahora no comí: únicamente toqué mi plato de espagueti. Me subí a mi cuarto a dormir un poco. Hastiado del día (no sé por qué, pero el sopor vacacional es mayor en esta fecha), me fui por mi coche al supermercado. De ahí, me lancé a buscar el regalo de mi mamá. Cada año le hago un obsequio, claro, pero nunca lo he pagado yo. El dinero siempre salía de mi cuenta de ahorro o de alguna de sus tarjetas. Me choca. Este año podía haberle comprado algo por mí mismo, como debe ser, pero no me pagaron. Hijos de puta, jamás me depositaron el sueldo de dos meses. Fui a Plaza Dorada a buscar un reloj de Reader’s Digest que mi mamá quiere desde el verano. Ya no había ahí, pero por suerte, en la sucursal de Las Ánimas les quedaba el último. Un poco de suerte, mínimo.
Ya por esos lares, y con nulas ganas de estar en mi casa, decidí ir al cine. Es la segunda vez en mi vida que veo una película en el cine solo. Me decanté por ‘Rudo y cursi’. Éramos como cinco en la sala. La película no es mala, pero es muy predecible y bastante sobreactuada. Salí y recorrí un rato la plaza, vacía. Quise pasar al Starbucks, pero para las siete de la noche ya habían cerrado. Me aguardaba una última sorpresa en casa. Llegué y vi a mi mamá envolviendo los regalos. Me platicó que le habían robado uno de los presentes de mi sobrina (unos aretes), ahí mismo, en mi casa. Sospechamos de la hija de la señora que nos hace el aseo. Me caga: a mí ya me robaron un Game Boy hace unos meses. Mi mamá se soltó a llorar. Es de la chingada ver llorar a las jefecitas. La consolé como pude, me fui a su cuarto, y prendí la computadora. Y así he estado hasta este momento.
Ya pasan de las diez y falta poco para la cena. Vendrán mis primos y mi familia extensa, cenaremos pavo y los niños nos presionarán para que abramos los regalos. A mí seguramente me darán unos calcetines, un cinturón o algo por el estilo. Ya me acostumbré. Igualmente, no me sorprende ver que este año he recibido pocas felicitaciones, si acaso, algunas genéricas por mensaje de celular (aunque otros, como Ángel Terminator, tuvieron la molestia de mandar un correo personalizado, gracias). No me preocupa, porque yo no soy de los que suelen mandar felicitaciones por las festividades. Aún así, si han llegado hasta esta parte del relato, amables lectores, reciban mis mejores deseos navideños. Y gracias, porque de no ser por ustedes, no tendría cómo desahogarme de esta víspera navideña.
Brindemos porque sean muchas más.

