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Las humanidades nomás no dejan
Que la UDLAP contemple el cierre de carreras no es sorprendente. La medida se anticipaba como parte del saneamiento financiero después de explosión en la oferta académica en los tiempos de Pedro Ángel Palou. En su momento, la apertura de licenciaturas como Medicina o Artes Culinarias fue fuertemente criticada por la dudosa capacidad de la Universidad para proveer instalaciones de calidad. Tan poco planeado fue el incremento en la oferta que, como el caso de la carrera en Sociomática, algunas desaparecieron en menos de un semestre.
La revisión de la viabilidad de ciertas carreras parece apuntar hacia la Escuela de Artes y Humanidades. Las razones, cuantitativamente hablando, son obvias: la matrícula es muy baja en comparación con otros programas académicos. Ojo, que no hay que caer en el alarmismo: cerrar una carrera no implica que los estudiantes, de pronto, no sean recibidos en la Universidad y deban emigrar. No, simplemente significa que no se ofertará en los periodos subsecuentes. Hace seis meses, cuando tuve la oportunidad de entrevistar a José Loyola, vicerrector académico, me comentó que una de sus propuestas es que las carreras más pequeñas acepten ingresos únicamente en un periodo (Otoño), de modo que se pueda reducir el costo de abrir clases a diestra y siniestra para una demanda ínfima.
Las licenciaturas de alta matrícula mantienen los caprichos de la oferta académica. La Escuela de Negocios, por ejemplo, representa un alto porcentaje de la captación de recursos por concepto de colegiaturas. Este dinero se inyecta a otras carreras mucho más costosas y con menos convocatoria. Pero, a su vez, estos programas más especializados aumentan el prestigio de la Universidad, lo cual reditúa en una mejor imagen. Después de todo, no son muchas las universidades privadas que pueden darse el lujo de tener las cinco áreas que componen a la UDLAP [Negocios, Ciencias Sociales, Artes y Humanidades, Ciencias e Ingenierías]. Finalmente, son este tipo de añadidos los que resultan determinantes en la decisión de los estudiantes potenciales.
La revisión de programas es un proceso normal en todas las universidades. En el caso de la UDLAP, basta con recordar la desaparición de la licenciatura en Historia y la de Filosofía hace cerca de cinco años. Es un proceso de renovación que, por desgracia, apunta hacia las humanidades porque nomás no dejan. “Áreas problemáticas”, diría el rector Luis Ernesto Derbez: carreras que tienen una oferta laboral reducida, amén de una demanda estudiantil baja, un [casi] nulo interés por su promoción en el país y un alto costo de manutención. Sí, ofertarlas resulta poco menos que un lujo. Pero es por estas características que la Universidad debe reflexionar [y seriamente] sobre renunciar a ser una de las pocas alternativas académicas para el estudio de estas áreas. Es cuestión de hallar un balance entre intereses como la administración de recursos, el nivel académico, el compromiso social, y la imagen pública. Después de todo, de entre los sacrificados, no creo que nadie disfrute decirse el último ejemplar de su carrera.
[Agradecimientos especiales a Notas UDLA, por proveer la materia prima de esta reflexión].
Columna #3: La diversidad detrás del telón

“¿Me podrías promocionar un evento en tu blog?”, me dijo la semana pasada mi amigo Gustavo Barrientos, ahora estudiante de teatro en mi universidad [recalco el ahora porque ya tiene en su haber otras dos licenciaturas intentadas]. Asentí elogiado. No obstante, dado que este periódico digital tiene un número exponencialmente mayor de visitantes que mi página personal, decidí promocionalo aquí. Así que, mi estimado lector, le pido una disculpa por enjaretarle un anuncio como preludio de esta columna. Mea culpa.
Resulta que Gus está organizando el ciclo de teatro “TeatrEROS/Diversitas” y este lunes 8 de septiembre se presenta la obra “El Refri”, un monólogo del dramaturgo argentino Raúl Damonte cuyo protagonista es una estrella travesti en decadencia que encuentra en la sala de su casa un refrigerador que su madre le envió como regalo de cumpleaños. Por si les interesa, la obra se presentará en el Colegio Ignacio Bernal de la Universidad de las Américas, Puebla; a partir de las 19:00 horas y el boleto está en 30 pesos. Fin de la pauta comercial.
Gustavo es el dirigente de Diversitas, una asociación universitaria cuya misión es promover el conocimiento, respeto y aceptación de la diversidad sexual. Sí, mi amigo es homosexual. Y de los declarados. Yo me pongo de pie ante su esfuerzo, señores. No sólo de él, sino de toda una comunidad que se ve segregada bajo un criterio de discriminación tan válido como ser filatelista o un buen lateral izquierdo. Ni qué hablar del repudio que sufren por parte de una sociedad tradicionalista [eufemismo de obcecada, intolerante y retrógrada] que les condena al ostracismo y les tilda de aberraciones. Deleznable.
Recuerdo un penoso incidente que atestigüé hace unos meses, en el marco de la Segunda Jornada de la Diversidad. Salía de clase en una tarde lluviosa, y al cruzar por el campus, me topé con un par de carteles con leyendas homofóbicas, en una institución que considero de las más abiertas del país. “Es importante recordar que, si bien la UDLAP es un espacio conocido por el ambiente de libertad y diversidad en todas sus formas, es la excepción y no la regla en los campus mexicanos. Y tampoco es perfecto”, me comentó un amigo en esa ocasión. No estoy en contra de que exista gente que no concuerde con un libre ejercicio de la sexualidad, pero sí en la forma de protestar. Venga, algo tan sencillo como vivir y dejar vivir.
Sirva cualquier espacio para promover la igualdad, entendida no como una homogeneidad, sino como el respeto, la tolerancia y la comprensión de las diferencias. Sobre todo, que una plataforma artística como el teatro se convierta en el vehículo de la integración, del combate de una fobia injustificada y sin fundamentos. De libertad y emancipación. Enhorabuena a quienes emprenden este esfuerzo desde el escenario – y a quienes asistan a él – por poner su granito de arena para cambiar este mundo, que la aceptación mutua está al alcance de todos.
A ustedes, desde cualquier trinchera, mis más profundas congratulaciones.
De cómo conocí la Marcha Turca de Beethoven
Me he quedado sin palabras ante la grandiosa interpretación del pianista Evgeny Kissin. ¡Qué fuerza, qué pasión, qué ímpetu! Pero lo que más me ha maravillado es la pieza musical: la Marcha Turca, movimiento de la sinfonía de las Ruinas de Atenas de Beethoven.
Simple y sencillamente, exquisita.
No sé, no sé, tengo la ligera impresión de haberla escuchado en otro lado.
Sí ya les decía yo que escuchaba a Beethoven desde bien morrito.
[Agradecimientos a Lols por su descubrimiento musical]
Óscar López: radiografía de un divulgador cultural

De lunes a viernes, minutos antes de las nueve y media de la mañana, Óscar López camina por el pasillo que separa su cubículo de la cabina de Radio BUAP, ubicada en la azotea de un descarapelado edificio del Centro Histórico. Entra, se sienta, hojea la información del día, consulta al operador e inicia transmisiones. Lleva ocho años de hablar frente al micrófono, a una audiencia desperdigada por la ciudad que le escucha atentamente. Ocho años de ser el portavoz del escenario artístico en Puebla. Ocho años de Movimiento Perpetuo.
“La idea no es nueva”, comenta Óscar, mientras ordena un refresco de dieta para no estropear el apetito de la tarde. Sentados en un café de los portales del Zócalo, pedimos algo de beber para quitarnos el calor mañanero. “Se me ocurrió cuando trabajaba en la BUAP hace 10 años, viendo el canal 22”, menciona sin adjudicarse créditos ajenos. Para él, la idea era muy simple: generar un noticiario cultural. “Pensé que siempre se le da mayor peso a la nota política en cuando a los medios. Siempre la noticias va por delante; pocas veces va el ser humano”, justifica. La propuesta de Movimiento Perpetuo consistía en darle un giro a la cultura, comprenderla en su sentido más amplio. Sin alejarse de la política, pero sin limitarse a las artes.
A leguas se nota que Óscar es el arquetipo del apasionado cultural. Sólo basta con escucharlo unos minutos para percibir la complejidad del léxico que sólo poseen los letrados. Su voz, curtida por las horas de locución, atrapa con su tonalidad parsimoniosa pero imponente. Viste de negro porque trae los colores por dentro, y para verlos hay que aguzar el oído.
Óscar es un renacentista de nuestro siglo. Mitad historiador, mitad lingüista, acumula estudios como quien colecciona estampillas. Ha cursado talleres de novela, música, narrativa, literatura, periodismo, pintura y filosofía. Sin embargo, Óscar no tiene licenciatura. No la necesita: con la preparación que acumula tiene para graduarse siete vidas. Además, su formación ecléctica le trae ventajas: “Los temas no me toman a mí por imprevisto cuando entrevisto a un escritor o a un pintor; porque si bien no soy como ellos, su lenguaje me es familiar”. Aspirante a filósofo – carrera que no cursó por presiones parentales -, Óscar se define como un comunicador sui generis. “Divulgador de la cultura que emplea herramientas periodísticas”, para ser específicos.
“Yo creo que soy un eterno estudiante. Me vería muy pretensioso si dijera que toda la vida, pero la verdad yo creo que lo he hecho mi oficio y mi profesión”, relata el locutor. Es un aficionado a la lectura, al cine, los conciertos, las exposiciones. Prácticamente devora con la vista cualquier texto que cae en sus manos: “Leo de todo tipo de revistas: desde porno hasta de divulgación científica. Todo lo que me llega.”
Vinculado desde siempre a la BUAP, los pininos de Óscar comenzaron en la radio comercial. “Comprábamos tiempo para transmitir una especia de miscelánea donde había música, donde hablábamos de las investigaciones de la universidad”, recuerda. Antes de su experiencia en locución, estuvo en la parte de Difusión Cultural. Con buena parte del camino recorrido, al surgimiento de Radio BUAP, era cuestión de tiempo la aparición de Movimiento Perpetuo. “Echarlo a andar fue fácil, pues ya tenía todas las ligas. Y han crecido por supuesto, ahora conozco más gente”, agrega Óscar.
Pero a pesar de los contactos en el escenario artístico, la radio cultural puede ser ingrata. En primera instancia, la remuneración dista de ser justa. “No hay forma de subir escalafones. Yo gano lo mismo desde hace muchos años, y no hay una escala en la que yo pudiera ir ascendiendo”. Óscar es feliz con su labor, pero la economía no subsiste de satisfacciones personales. Sin embargo, el locutor no se incomoda: “A todo mundo le gusta viajar y comer mejor, ¿no? Entonces yo ahorita estoy como en un estándar”. Un estándar bajo para un gran hombre.
Pero la situación de Óscar no es más que el reflejo de la escena cultural. Padece la misma devaluación social que sus amigos. Y mete las manos al fuego por ellos: “Movimiento Perpetuo tiene esta otra línea: reivindicar el trabajo artístico como eso, como un trabajo.” Enemigo declarado del cliché, la expresión de Óscar se endurece y su voz se alza cuando defiende a los suyos: “No son divertidores. La cultura tampoco es entretenimiento, provoca reflexión. Hacer ver esto a la gente es un trabajo tan difícil como cualquiera. Saber dibujar o pintar y todo eso, no es inspiración, es trabajo. Y la gente tiene que valorarlo”.
Desde su trinchera, Óscar aporta su esfuerzo. “Soy de los pocos programas, si no prácticamente el único, que se dedica a este tema. Tú conoces los programas de radio y tele, son misceláneos, abordan de todo, hasta recetas de cocina.”, señala con precisión el divulgador. Sus palabras son contundentes. No necesita elevar el volumen, sino que se vale del fino arte de dotar de densidad a sus frases. “El asunto es que la gente no busque el entretenimiento per se, sino la reflexión. Cualquier actividad del ser humano nos ofrece una lectura de un lugar y de una época. Opinión, todo el mundo tiene; pero pocas veces el mundo se detiene a reflexionar.”
“Yo hago todo, no tengo productor. Es el operador y yo. En ocasiones ha habido gente de servicio social que me echa la mano, pero termina su periodo y ya, o con jóvenes que quieren aprender, pero se cansan, porque este es un asunto de disciplina. Obviamente también de gusto”. Sin embargo, Óscar sabe que aún queda mucho por avanzar. “Me faltaría convertirlo en noticiario. Que funcionara verdaderamente profesional, o sea, que hubiera un productor, que tuviera reporteros, que hubiera una voz femenina contrastando con la mía. Que fuera un noticiario en forma, no el acto quijotesco de estar peleando diario contra los molinos de viento, contra las incomprensiones de mucha gente, contra el ‘para qué es importante, el chiste es para divertirse’.”
Óscar casi no habla de él mismo. Deja que el programa hable por él. Sin embargo, tiene un punto débil, en el cual su voz se suaviza y su rostro se ilumina. “A mi hija desde muy chiquita la he llevado a conciertos, a exposiciones”, aunque él la ha dejado elegir sus gustos: “A mí me tocó ir a ver a Panda, por ejemplo. Es lo que le gusta, pues hay que dárselo. Y si yo tenía la oportunidad de meterla como prensa, con mayor razón.”, añade entre risas. Y es que el buen divulgador empieza en casa. “Está estudiando la prepa, y al parecer se va a decidir por algo cercano a las artes.”, comenta orgulloso.
Los hielos del vaso de Óscar se han derretido, formando una capa acuosa que casi no se diferencia del refresco. Es casi mediodía y las labores llaman. Aún así, Óscar se da tiempo para responder una última pregunta “¿Qué le he dado yo a la radio? Creo que todavía no se lo doy. Pero estoy en esa lucha, porque a la radio cultural sea de buena factura, aunque sea modesta, pero que se pueda hacer bien. Y lo digo sin falsa modestia, eso creo que Movimiento Perpetuo lo tiene”.
Óscar López se levanta de su asiento y se despide con un fuerte apretón de manos. Se aleja, caminando de regreso al edificio donde mañana recorrerá la distancia entre su cubículo y la cabina. Donde, con la voz desenvainada, esgrimirá el micrófono desde su trinchera radiofónica. Y es que, si el escenario artístico de Puebla sigue avanzando contra viento, marea e indiferencia, es porque existe la voluntad de un hombre que lo mantiene en movimiento perpetuo.
Entrevista realizada a Óscar López, productor del programa de radio de divulgación cultural ‘Movimiento Perpetuo’, que pasa por Radio BUAP de lunes a viernes, a las 9:30 de la mañana.
¿Cuánto vale la cultura?

¿Cuánto vale la cultura?: La contribución económica de las industrias culturales de Ernesto Piedras es el libro que me pidieron como bibliografía obligada para clase de Mercadotecnia Cultural. En la red hay una pequeña adaptación, ideal para darse una idea del panorama general. Y es que, independientemente de la mala [o errónea] imagen que se tiene de algunas industrias culturales [como la discográfica, por ejemplo], no cabe duda que este tipo de industrias activan la economía del país. Pero la pregunta es muy interesante: ¿cuánto vale [en México] la cultura?
Román Guberns, en El eros electrónico, sostiene que este tipo de industrias surgieron con la sociedad de ocio: una sociedad en la que el tiempo libre es altamente valorado. No es de extrañarse, por ejemplo, que una gran cantidad de libros sean traducidos al finés. Por su alto nivel de vida, los habitantes de los países escandinavos tienden a consumir más productos editoriales, lo que mueve la industria hacia la traducción de más títulos a esos idiomas. La ecuación en muy sencilla: a más tiempo libre, más consumo de industrias culturales. Si el consumo es alto, la cotización es alta. Pero, ¿en los países con un consumo bajo, cómo valorar el arte?
México representa varios retos para las industrias culturales. La industria editorial tiene que pelear contra un sistema educativo retrasado, donde los libros se leen por imposición y no por gusto. Marisol Schultz, directora de Alfaguara, alguna vez me comentó que la editorial sólo podía sacar cerca de 20 títulos nuevos por año, en contraste con los 75 que saca España. El teatro, la danza y las artes plásticas vienen en el olvido, cada vez con menos personas que se acercan al consumo del arte. Las discográficas y la cinematografía luchan contra una piratería que crece a pasos agigantados. Y la raíz de todos estos problemas pasa por el factor económico. Por el valor simbólico de la cultura.
¿Cuánto es justo pagar por un libro? ¿Por qué es tan desmedido el costo de un cuadro? ¿Para qué comprar el disco original si el pirata es más barato? En gran parte, porque la industria ha abusado en los precios. Pero, por otro lado, porque el precio de la cultura está sumamente desfasado con los productos de primera necesidad. Y el arte no se considera básico. En los niveles socioeconómicos más altos, el panorama no suele mejorar mucho. El arte se considera un accesorio más, un símbolo de opulencia. Así funciona la industria del best-seller: libros que uno debe [supuestamente] leer, aunque carezca de calidad literaria. Películas que no ofrecen nada nuevo en el horizonte, pero que son un must social. Obras de teatro que sustituyen los petit-comité. Y así, ad infinitum.
La pregunta original es cuánto vale la cultura. Pero la verdadera pregunta es cuánto cuesta la cultura. La industria de la cultura está pensada para mantener activa una economía sana, donde la gente considera al arte como una opción y disfruta de tiempo libre. Por desgracia, México es el caso contrario. En nuestro país, la cultura cuesta mucho, porque pocos pueden darse el lujo de pagarla. Y muchos que pueden, optan por no hacerlo; o en su defecto, por usarla como una accesorio más. Hace no mucho, escuchaba a dos estudiantes de Humanidades refunfuñar sobre las pocas posibilidades que existe de vivir del arte en el país y el nulo apoyo gubernamental. Cruda y pragmáticamente, una amiga internacionalista les espetó: las políticas culturales no son una prioridad. Primero que coman, después que pinten.