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[Cuento corto] Preludio
Au lecteur: Otra más de repechaje textual. En esta ocasión, uno de los pocos cuentos cortos que he escrito por puro gusto [no soy muy prolífico, la verdad]. Éste data de abril del 2006, y ha sufrido poquísimas modificaciones con el paso del tiempo. Sólo para variar un poco el contenido, un poco de ficción.
Preludio
Suaves notas caen sobre las calles, sobre los autos, sobre el pavimento. Notas acuosas, gotas de música. Viento gélido que acompasa la frenética lluvia. Y tú, solo en la alcoba de aquel lujoso hotel, sentado en una cama demasiado espaciosa para tu menuda figura. Es de madrugada. Las notas disminuyen, el frío aumenta, la soledad persiste. Tú y tu violín. Practicas la sonata que en unas horas presentarás frente a la multitud. Has venido desde lejos únicamente a deleitar a un ente de mil cabezas, saciar su sed, encantarlo como Orfeo al cruel Hades. Te sumergirás en un infierno. Aunque, en cierto modo, ya estás allí. Por eso ejecutas nerviosamente, con desgarradores movimientos, con sonidos lastimeros. Con penuria. Tu violín gime y tus entrañas también.
Pasan las horas. Lanzas tu instrumento a la cama. Te derrotas. Asumes tu posición inicial: sentado en la descomunal cama, las manos en el cabello, la mirada fija en tus barrosos zapatos. Notas que permanece aún su aroma en el ambiente, ese olor a perfume, sudor y vacío. ¿Por qué fuiste por ella? No lo sabes. Necesitabas una dosis de amor y compraste fugaz pasión. Llenar ese espacio. El hueco de la mujer que cambió tu devoción por las caricias de otra. Recién habías desempacado y saliste a buscar el cariño negado. En el callejón elegiste a la de piel cetrina. La llevaste y en el cuarto ejecutaron una triste melodía, mera conjunción de cuerpos y ausencias. Sus gritos, tus gritos, en una sinfonía de silencio. Un largo preludio de almas afónicas antes del verdadero concierto.
No hay tiempo para descansar. Ensayas frenéticamente. Carente de inspiración, de fuerza, de talento. Practicas hasta el amanecer. Una y otra vez la misma pieza hasta que tu música sangra. Caes agotado.
Rendido.
Te paras frente al público. Una multitud voraz, ávida de escucharte ejecutar tu acto. O de ejecutarte en el acto. Las luces del escenario se apagan. Es tu momento. Cierras los ojos y comienzas a tocar el violín con una parsimonia inusitada. De pronto te detienes. Algo te posee. Los acordes comienzan a emerger con violencia. Brota del instrumento un sonido cuya naturaleza se debate entre lo endemoniado y lo sublime, como si Cielo e Infierno se hubiesen puesto de acuerdo por unos minutos. Y, de pronto, paras. El público murmura. Silencio. Das media vuelta y abandonas el teatro. Al fondo, alguien aplaude tu irreverencia. Tu impotencia se convierte en genialidad. La muchedumbre enloquece, vitorea, brama en celo. La crítica te ovaciona. La gente te adora.
Tú te sigues odiando.
En el callejón eliges a la de ojos claros.

Yo, (suspirante a) escritor
Nunca me he reconocido como escritor de ficción. Para eso, se necesita escribir (thanks, Captain Obvious!) y publicar con cierta constancia. Yo, a lo sumo, tengo cuatro cuentos completos (dos premiados y dos inéditos) y un par de fallidos/abortados: un buen balance pero nada prolífico. Descubrí mi gusto por los relatos cortos cuando iniciaba la preparatoria, gracias a mis tareas de Taller de Lectura y Redacción. Un día llegó una convocatoria para el Juan Rulfo preuniversitario, y se la dieron a un compañero. Él declinó y yo tomé la alternativa. Así escribí mi primer cuento en forma (Tejón de servilleta, 2002). Un par de días antes de mandarlo a participar, se lo dí a mi maestra para que le echara un vistazo. Lo desahución, considerando que sus posibilidades de ganar algo eran mínimas. Bueno, pues me dieron una mención honorífica. Nada mal: hubo premiación en Bellas Artes y toda la cosa. Eso sí, mi profesora fue a la gala, aseverándole a todo mundo cuánto creyó en mí desde el very beginning. Bah.

Ése soy yo, tapando la hermosa vista desde Bellas Artes.
Al año siguiente también me animé a participar. Busqué un estilo más epistolar y así nació Cartas a Teresa (2003), un cuento cuyo peor detalle es, desgraciadamente, el desenlace. Lo terminé a las prisas, pues. Lo mandé el día del deadline. Me decepcioné mucho al enterarme, un mes después, que el paquete nunca llegó a las oficinas del concurso. De todos modos, dudo que hubiera sido galardonado. El final, en serio, es malo. Me alejé un poco de la literatura hacia otro de mis amores: las matemáticas. Eran mis tiempos de seleccionado estatal (¡ñoñísimo!), pero esas anécdotas serán material para una entrada subsecuente.
Cuando iba en tercero de preparatoria, sufría de la clásica depresión de no saber qué estudiar. Por una parte, siempre había tenido inclinación hacía la química o las matemáticas, pero los entrenamientos como seleccionado habían hecho añicos mis ilusiones de dedicar mi vida a los números. Además había descubierto cierta vocación hacia las letras y la sociología, lo que complejizó más mi decisión. En ese entonces, ya me había decidido por ingresar a la UDLAP, tras quedar fascinado con el campus y sus bellas mujeres (oh, y el prestigio, por supuesto). En esos momentos de incertidumbre, aunados a un alud de vivencias preparatorianas, redacté Timbrazos de esperanza (2004). Lo envié, sin esperanza alguna salvo arañar una mención nuevamente, y me llevé una de las sorpresas más grandes de mi vida.
Era lunes. Lo recuerdo porque hubo ceremonia a la bandera. Al terminar el trámite al lábaro patrio, mi amigo Oliver y yo pedimos permiso para salir al quiosco a comprar un ejemplar de Reforma para consultar los resultados. Me acuerdo que caminábamos de regreso a la escuela y yo leí el anuncio de premiados de abajo hacia arriba. Para cuando terminé las menciones, me desangelé. Por mera curiosidad, eché un vistazo al podio y ví que había ganado. Verán, esa victoria moral me llegó en el momento que más lo necesitaba: por culpa de mi flojera, no podía aspirar a la beca Jenkins (lo que me condenó a dos años dos de 13 horas de beca semanal, hasta que la conseguí de reingreso); además, terminaría quinto o sexto de mi generación, sin importar cuánto me esforzara. El galardón me dio nuevos bríos e hizo que recuperara (o mejor dicho, creara) una seguridad en mí hasta antes desconocida.
En esa ocasión, la premiación fue en la Ibero de Santa Fe, que coordinaba el concurso junto a la Fundación Juan Rulfo. Me sentí todo rockstar, pues contrario a la primera vez, en esta ocasión yo era el referente. Por cierto, me gané un estéreo que aún tengo en mi cuarto. ¡Caramba, hasta me entrevistaron para Ibero 90.9! (algo de lo más común, pero déjenme presumir). Conocí a un par de colegas a quienes no les he perdido la pista del todo, como Darío Beltrán, Caro Álvarez o Adameck Collazo. Al finalizar la premiación, se acercaron del Departamento de Incorporaciones para ofrecerme una beca para estudiar Letras en Santa Fe. La rechacé, pues a pesar de mi gusto por la escritura, no sentía deseos de mudarme al D.F., y en verdad estaba enamorado de mi futura universidad. Total que terminé, como saben, estudiando Ciencias de la Comunicación. En mi defensa, los colegas escritores con los que aún tengo cierto contacto tampoco son literatos: Dario es psicólogo, Caro es chef (¡!) y Adameck… uhm, bueno, no tengo ni la más remota idea. La excepción es Ale Vergara, estudiante de Literatura en mi universidad, a quien conocí año y medio después, durante la presentación de las antologías del quinto y sexto concurso Juan Rulfo: yo gané el quinto, ella obtuvo el segundo lugar y una mención (¡doblete!) en el sexto. Curiosamente, al día siguiente de vernos en la presentación, nos topamos en el campus. Ócuard.

Su servidor, escoltado por dos big shots cuyos nombres no recuerdo. Nótense los kilos de cachete que me faltan.

Facebook nos reunirá algún día, muchachos.
Mi último cuento terminado fue hace un par de años. Con la llegada de Pedro Ángel Palou a la rectoría de la UDLAP, el escritor Jorge Volpi – amigo suyo – ofreció un taller de narrativa. Para aplicar, había que enviar un texto. Así fue como nació mi última obra (Composición V, 2005). Es el cuento más largo que he escrito (cerca de 35 páginas), y permanece inédito. Es, en muchas formas, mi consentido por su espeluznante atemporabilidad. Me tomó cerca de un mes (y la catarsis de muchas anécdotas) terminarlo. Después de ese texto, intenté infructuosamente escribir un poco más, entre lo que destacan dos cuentos inéditos no terminados de no más de dos páginas y un guión que apestó terriblemente. Conforme pasó el tiempo, me incliné nuevamente más hacia la ciencia y dejé de lado mi incursión en la literatura.
Hace un par de días, buscando un disco de ejercicios para el TOEFL, hallé fotos de la presentación de la antología del quinto concurso (prometo eventualmente escanearlas y treparlas al Facebook). Tras sumergirme un poco en los recuerdos, me puse a buscar un ejemplar de ese libro para releer mi cuento. Me agradó. Un par de amigos lo han leído recién y les ha gustado – además de soltar un par de carcajadas con algunas azarosas similitudes. He pensado que, al terminar la tesis, no estaría mal intentar nuevamente entrar en el umbral de la ficción. Después de todo, aunque ahora me dedique a menesteres completamente distintos, no puedo negar que en mi momento fui, como tantos y tantos que hemos pasado por ese concurso, un suspirante a escritor. Lo siento, pero no puedo negar que así como tengo los números en el corazón, a veces siento cómo me late la tinta por las venas. A ver qué pasa.
La calavera del Padaguan

El buen Ing. Cardioide tuvo a bien dedicarme una calavera en su blog. N’ombre, se acaba de ganar un lugar privilegiado en el inframundo. Se las comparto, nomás pa’ que calen el talento literario del joven.
Al Centro Social de la UDLA Pepe llegaba
para comenzar a trabajar
y justo antes de twittear
la Parca muy encabritada estaba.“Necesito tu ayuda mi buen Padaguan
ya que a la tecnología no le sé ni se me da
en recompensa tendrás un capítulo de tesis terminada
y ahorita ya, en un “tu-taims-güan” (2×1)“Está bien parquita” el Pepe amable le contestó
“pero más adelante tendrá que ser
porque mi programa de radio ya empezó
y a mi blog no puedo acceder”Justo al comenzar a transmitir, después de twittear
la huesuda berrinchuda a Pepe se llevó
“Por dejarme esperar me las vas a pagar”
Y en ese instante, todo el staff de Elocuencia lloró.Pepe en el inframundo bloguea
y todavía twittea
y su castigo por la eternidad será
a la parca de por vida con sus gadgets asistirá.
¡Clap, clap, clap!
Mis trabajos pretenciosos
Me pagan por hacer el segundo trabajo más pretencioso del mundo: ser corrector de estilo. Sí, es encantador que me den dinero por hacerle ver a otra persona qué es lo que hace mal. No es la primera vez que desempeño la labor. Debuté hace un par de años como becario de una revista académica de la Universidad y pagué mi derecho de piso. Sufrí una de esas regañizas imborrables por haber traducido mal un artículo. Al año siguiente, tuve la oportunidad de ser editor y así fue como me curtí en estos menesteres. Creo que es un oficio que no se enseña, sino que requiere de una persona con una enorme neurosis, una marcada animadversión a las faltas de ortografía y el profesionalismo de aquí sólo mis chicharrones truenan.

Ajá, puedo ver el miedo en tus letras. Ah, no. Es una coma.
Es díficil sentirse el nómber uan cuando se tienen amigos como Baby Zapata, Marce O. o Tania C, pero se hace lo que se puede. Francamente, me parece que el término corrector de estilo está mal entendido. A menudo, se asocia solamente con la corrección ortográfica. Va más allá: el buen corrector [considero] debe saber sobre el tema, comprender cuál es el género, qué ritmo se le pretende dar, comprender jerarquías de información, descifrar al lector. En cierto modo, un corrector de estilo se asemeja a un ebanista: su labor es el detallado de la pieza, no la construcción. Aunque, de vez en cuando, tiene que enseñar que también sabe serruchar y clavar.
Desde hace quince días trabajo como corrector de estilo en una revista de cine de circulación local. Hasta ahora, me han tocado revisar unos cinco o seis textos. Confiésome tremendamente quisquilloso: sólo una colaboración me ha dado gusto leer. Del resto, pues hubo que hacer de tripas, corazón. Tampoco seré tan dramático: a decir verdad, es un placer culpable hallarse frente a un texto con muchas falencias y ver si uno puede sacar el barco a flote. La única desventaja es el tiempo. A mí me gusta paladear lo que leo, pero a veces hay que cumplir con la entrega lo más pronto posible. Y en un trabajo que no admite errores, se pone peliagudo el asunto.
También realizo la labor más pretenciosa del mundo: enseñar. Ésa la hago por puro amor al arte. Tampoco es una tarea que desconozca. Desde que recuerdo, mis amigos solían pedirme asesorías previas al examen. Recuerdo la primera vez que alguien me pidió ayuda en la Universidad. Cursaba Estadística Social en mi segundo semestre, una materia en la que históricamente no son muy hábiles los estudiantes de Ciencias Sociales [bueh, son pendejos pa' contar, pues]. En ese entonces, la red interna de la universidad te permitía ver el horario de otro estudiante [excelente para el estóquin], y así fue como un par de compañeros de clase me interceptaron saliendo de otra cátedra para pedirme una asesoría. De un modo similar conocí a Tania C. Mi amiga Falditas necesitaba una asesoría de Introducción a la Investigación Social, un curso que se asemeja más una combinación entre Historia y Sociología de la Ciencia [impartido, por cierto, por mi director de tesis]. Quedé de ayudarla una noche y llegó con Tania. Así fue como nos empezamos a llevar.

A eso es lo que yo llamo saber enseñar, caray.
Desde esta semana estoy impartiendo un taller de redacción periodística. Mi intención no es hacerlos periodistas. Para eso hace falta saber el oficio y tener la vocación. Pero una herramienta extra nunca está de más. Doy el taller para dos grupos, en miércoles y jueves a las ocho de la noche [si alguien gusta, queda cordialmente invitado]. El primer grupo es el más reducido, con diez oyentes. Confieso que me costó trabajo hacerlo carburar, pero una vez que calienta el motor, el curso avanza de ma-ra-vi-lla. La segunda sesión fue aún mejor: había más gente y yo ya había dilucidado el ritmo. Así será, durante otras once semanas más.
Aparentemente, enseñar es pretensioso porque significa, de entrada, aceptar que uno sabe más que el otro. Yo por eso prefiero el formato de taller. En la clase, el conocimiento viaja de arriba hacia abajo; en el taller, el conocimiento se construye entre todos. A mí me encanta. ¿Por qué? Bueno, además de la satisfacción que da ayudar a alguien más, es gratificante ver el crecimiento personal de todos. Hasta se me sale la lagrimita de pensarlo. Pero bueno, no hay que dejar de lado la dosis de egolatría que requieren ambas tareas. Para qué les miento: hay un pequeño bono, una sensación difícil de explicar. Un reconomiento que no se hace público, ése que guardamos a la maestra de quinto de primaria o a nuestro profesor de taekwondo. Creo que una cita del infalible Dr. Greg House [de quién más, claro] resume perfectamente lo que todo profesor debe pensar de nosotros cuando nos ven tener éxito.
I saved his life. That means I get credit for every life he saves from here on out.
Bueno, que una remuneración tampoco hubiera caído nada mal, ¿verdad?

No lo dije yo, lo dijo… (XLIV)

“Estaría bien que alguien escribiera un libro sobre filosofía-ficción, o algo así, acerca del sentido de la vida de una ballena, desde el punto de vista de una ballena, intentando imaginar la realidad de sus pensamientos (que los ha de tener y bien profundos). ¿Qué sentido del tiempo les mueve? ¿Qué sienten cuando se relacionan con otras especies, con los humanos? ¿Qué tendrá en la cabeza un ser vivo que puede vivir casi un siglo, flotando plácidamente entre el mar y el cielo, las estrellas? Me parece tan fascinante, y tan abstracto…
Y ya de paso que escriban otro de un elefante.”
- Comentario anónimo, sobre un documental de la BCC acerca de las ballenas azules.
Vino y violeta

“El cielo parece sangrar sobre el mar. Una poderosa cascada, torrente sanguíneo de nebulosa consistencia, que se vierte en el agua y se revuelve con las olas. Un atardecer ígneo, fulgurante. Las huellas de ambos, líneas diametralmente opuestas que se acercan hasta fusionarse en un mismo vértice. Sus ojos, sus bocas, sus almas frente a frente. Ella llora. Él permanece de pie, estoico, resistente como las rocas que rompen los embates de la marea. Se depositan en la arena, alfombra granulosa de ámbares y rubíes. El mar les engulle los pies. Aprovechan el poco tiempo que tienen antes de que los busquen en casa, que se percaten de su ausencia. El tiempo huye velozmente. Se despiden. Él se va. Ella se queda ahí, sentada, con la mirada al infinito, arropada por el tenue viento nocturno y al amparo de las estrellas, débiles luces que penden lánguidas en la vastedad del espacio.”
[Inicio de cuento inédito y nunca terminado, escrito una madrugada del 7 de junio del 2006]
De revistas y cosas así
Soy adicto a las revistas. Tanto o más que a los libros. Aunque normalmente me duele el codo comprarlas, porque a) puedo leerlas en Internet; b) no las guardo, así que quedan condenadas al olvido después de unos meses: y c) en comparación con un libro, las considero costosas. Una de mis primeras proyecciones de mi futuro era como editor de revistas. Acababa de leer Pixie en los suburbios [mi libro favorito], y vi que su autor era Ruy Xoconostle, en ese tiempo editor de Quo y ahora mandamás editorial de Televisa.
Cuando era becario, la jefa de Departamento sacó una convocatoria para buscar un corrector de estilo. Animado por mi antigua ilusión, me presenté a la entrevista y quedé. Trabajé un verano y un semestre en Códigos, la revista que editaba el Departamento de Comunicación de la UDLA. Para el primer número, mi labor se limitó a checar que a todos los suscriptores les llegara su ejemplar. En el segundo número, me tocó traducir una buena cantidad de textos técnicos [bueno, técnicos para un estudiante de tercer semestre] sobre medios alternativos, teoría de medios y cosas así. Entre traducciones, regaños y desvelos, pasó ese ejemplar. Curiosamente, quien me enamoró de la teoría fue, en principio, una revista.
Un buen día, un amigo mío me llamó porque estaba sacando una revista y me invitó a editarla. La verdad es que no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo, pero aprendí a la brava. También recalco que era una revista de sociales, así que parecía ser más fácil que corregir estilo de una revista académica. ¡Mentira! Aprendí a respetar todo tipo de género editorial, desde el más rosa hasta el más oscuro. Esa vez edité los primeros tres ejemplares. Regresé a la editorial un año después, para tratar de sacar del bache a la revista de sociales, y de paso, trabajar en dos proyectos más: la revista bimestral de un prestigioso club de golf de cuyo nombre no quiero acordarme, y una revista para niños. En total, edité cuatro números en esa época.
Al regresar a la Universidad, y aprovechando que terminaba mi periodo como presidente de la estación de radio, me quedé con el proyecto de Grado Cero, una revista del Consejo Estudiantil. Vaya que tenía grandes planes, pero ninguno cuajó por tiempo, organización y dinero. Nos quedamos varados en una reestructuración que, sumada a los problemas al interior de la universidad, terminaron por darle fin a la revista. Sin embargo, agradezco profundamente a la experiencia, pues además de aprender, conocí bien a una de las personas que más admiro y respeto.
Ahora estoy jubilado del mundo editorial, aunque lo he intentado [infructuosamente] con en la blogósfera, y me mantengo activo como corrector de estilo. Pero sigo siendo un consumidor ávido de letras. En cada ocasión, conocí revistas nuevas a las que me fui haciendo fanático: Newsweek, National Geographic, Letras Libres, Conozca Más, Caras, Quién, Futbol Total, Cinemanía, Revuelta, Tierra Adentro, Farenheit, Algarabía, Entrepreneur, Proceso, La Tempestad, Replicante… Sólo me he quedado con las ganas de leer Gatopardo o Playboy [que más allá de las fotos, dicen que tiene un contenido recomendable]. Ahora que fui a Veracruz, compré el nuevo número de La Tempestad [que sale de tanto en nunca], y una que me llamó la atención: La Aventura de La Historia. No la he leído, pero se la presté a Madrini hace rato y se prendó de ella. No cabe duda, en el mundo editorial, todo es posible.
Dilo con todas sus letras

Hace un par de meses, publiqué en La Catarina una columna sobre la ausencia de la intención en las conversaciones de mensajería instantánea [aka conversaciones en el Messenger]. En general, la conversación cara a cara goza de dos elementos indispensables: un lenguaje fonético [voz] y un lenguaje visual/cinético [expresiones]. En el caso de la mensajería instantánea, el lenguaje fonético se traduce en lenguaje escrito, y a falta de un lenguaje visual, han surgido elementos tales como los emoticonos. Debido a que hablamos más rápido de lo que escribimos, se busca una compensación de velocidad con una escritura más acelerada, lo que deriva en una tendencia hacia la economía del lenguaje [decir más con menos palabras]. Los emoticonos, por tanto, son la compresión máxima de una idea. Lo que debería ser una plática normal, se convierte en una sarta de siglas, abreviaturas y monigotes.
Si una conversación per se es un juego de especulaciones entre emisor y receptor, en la mensajería instantánea el margen de interpretación se reduce dramáticamente. De cierta manera, la plática se ve influida más por lo interno que por lo contextual, donde lo irónico y lo literal son cada vez menos identificables. Uno de los ejemplos más curiosos es la frase ‘te quiero mucho’, y su cibercomprimido, tqm [sí, es un ejemplo bastante ñoño, pero útil para fines del post] . Aparentemente, ambas expresiones refieren a lo mismo. Sin embargo, la frase dice mucho más que la abreviatura. Al parecer, el tamaño de la palabra [o mejor dicho, su no-compresión] dota al término de un peso mayor. Es decir, de una intencionalidad. La palabra completa consigue lo que el emoticono jamás logra: transmitir un matiz. ¿No me crees? En vez de un simple ok, intenta contestar con un ‘está bien’, ‘estoy de acuerdo’ o ‘me parece correcto’. No economices términos, despilfárralos. Di lo que quieras con todas sus letras.
Desmemorias de la edición rápida
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Gran parte del estilo del escritor se debe al modo en que produce. Con el tiempo se ha dado un cambio de la herramienta principal de la escritura. La pluma, antiguo blasón del escritor, parece haber sido relegada a las tareas académicas tempranas y a los apuntes rápidos. En la actualidad, no hay músculo carpiano que resista el constante embate de las líneas sobre el papel. Esta escritura es considerada obsoleta, retrógrada y fatigante. Utilizar la pluma nos obliga a ir más lentamente, lujo que pocos pueden permitirse. La técnica manuscrita es empleada por los excéntricos y conservadores, quedando casi relegada a los libros de Historia.
Con el paso del tiempo llegó la máquina de escribir. Adquirimos velocidad para plasmar los pensamientos. Mientras que la pluma nos permitía la libertad de masticar [y regurgitar] las ideas, la mecanografía hizo de la escritura un proceso mucho más lineal. Atrás habían quedado las libertades de tachar y remendar al momento de escribir. La máquina significó un menor cansancio a la hora de producir, pero la edición seguía siendo una tarea fastidiosa. Había que escribir, corregir, reescribir, corregir nuevamente y continuar el proceso ad infinitium. Existían dos, cinco, cien borradores previos a la versión final. Con pluma o máquina de escribir, los textos tenían la capacidad de renacer completos, siendo reescritos cuantas veces fuese necesario.
El ordenador aceleró el proceso de la edición. La corrección de un texto es posible al momento de la creación, sin necesidad de tachaduras, enmendaduras ni versiones de prueba. El milagroso botón de borrado elimina cualquier errata sin dejar testimonio de su existencia. Ventajoso pero traicionero. La memoria del escritor es dañada por la tecnología de la edición rápida. Mientras que los borradores son testigos mudos de una metamorfosis literaria, el archivo de texto tiene la cualidad de cambiar sin dejar historial negativo. Sin esta antología de errores cometidos, conocemos únicamente el hoy y el ahora de un texto, pero no sus antecedentes. Reescribir en computadora elimina la posibilidad de la comparación previa. Quise comprobar esta tesis pero me fue imposible: edité este texto mientras lo iba escribiendo.
*Texto originalmente publicado bajo el título “Pluma, máquina y ordenador” en la columna Tecnocracia, ejemplar 202 de La Catarina, abril 2007.
La orfandad de los textos

Recuerdo la primera vez que leí un texto escrito por algún profesor mío. Recuerdo la sensación de desconcierto, de anormalidad. En mi pequeño mundo, las personas que escribían los textos académicos eran prominentes sabios procedentes de los confines del mundo, recluidos en una especie de Olimpo inalcanzable para nosotros, los pupilos. Borroso pero indeleble, queda en mi memoria ese sentimiento de extrañeza, como si el pedestal de aquellos científicos invisibles se derrumbara en cuestión de segundos. Por un momento, el paradigma se había roto. ¿Es que acaso no existe la insalvable distancia entre los héroes y los mortales?
En muy pocas cátedras recuerdo haber recibido alguna pequeña biografía o un bosquejo del contexto que influyó la elaboración de los textos. Este homenaje está reservado para mártires, locos y revolucionarios. Difícil tarea comprender el marxismo sin una radiografía de su autor, o la física cuántica sin un mínimo chapuzón a la historia contemporánea. Si este escrutinio es normal para los consagrados, ¿por qué se omite con los nuevos, los oscuros y los secundarios? Reducir el autor a un nombre y el momento a una fecha es casi tan inteligente como resumir una teoría en una palabra. Los avances son producto de una compleja receta de factores, sazonados en la pluma de un autor que no puede deslindarse de su creación. Aceptar la orfandad de los textos implica creer a pie juntillas en que el conocimiento surge de cualquiera y de la nada, por mera generación espontánea. Y donde prevalece la fe, no crece la crítica.
El análisis coyuntural no debe centrarse únicamente en el contenido del texto, sino en su producción misma. De esta manera, nos preguntaremos no solamente cómo el autor llegó a determinada conclusión, sino también el cómo logró que llegara a nosotros. Entre más atención al camino recorrido por el texto, menor la distancia que nos separa. Pero esta acción no implica llevar la discusión a la vida del autor. Significa reconocer su sello personal para vislumbrar la verdadera identidad de sus propuestas. Sólo mediante el abandono del trono imaginario, del científico invisible, es posible un debate de ideas. La distancia entre el sabio y el pupilo es real, pero no insondable. El Olimpo es accesible para aquellos que estén dispuestos a recorrer la vereda.
*Texto enviado a prueba para la sección ‘Ciencia y Conciencia’ de Revuelta, octubre de 2007